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voy á la calle con sólo una reprimenda por la burla. Seis días después se presentó el juez para a m p l i a r l a indajfatoria. -Viene á fastidiarme. Claro: el herido no parece por ninguna parte, y me pondrán on libertad. Se me acabó la ganga. -Siento traerle una mala noticia; sé. que le dolerá, porque mé parece usted un hombre no pervertido. -Supongo cuál es; y en efecto, me dolerá mucho. -Las cosas se han puesto muy feas. El herido por usted ha muerto. Julián no pudo contener la risa y dij, o: -No puede ser. -Los médicos esperaban su curación, pero las heridas eran graves. -Señor juez: veo que es usted muy listo; ha comprendido todo y quiere darme una lección vengando con otra burla la burla mía. Perdóneme, señor, y tenga caridad. Lo he hecho sólo por hambre. ¿Por hambre? Entonces fué el, robo la causa del homicidio, y no la provocación del herido. S onr Ta. dicen sus declaraciones. ¡Malo! ¡malo! Julián empezó 4 inquietarse. T la inquiet terror cuando por manifestaciones del juez oo que el juego iba más allá do lo que él quisiera. Las cañas se volvían lanzas. So le acusaba de un homicidio real. Muy sorprendido y acongojado declaró entonces la verdad y el motivo y objeto do su invención. -Entendido, entendido- -dijo el juez. -La cosa está clara. Creyendo que las lesiones eran leves, confesó, y ahora que con la muerte del he- rido el asunto se agrava, usted pretende retractarse y despistai- nos con ese cuento del hambre. t M Es tarde, es tarde. Lo hecho, hecho, y lo dicho, dicho. La Providencia ha prestado está vez un servicio á la justicia. Cuando en su declaración primera el herido J manifestó que no conocía á su agresor, ni las causas de la agresión, temí hallarme con uno de esos delitos que se pierden en el misterio. Fueron inútiles cuantas pesquisas se practicaron aquella noche. Si usted ño se constituye en prisión, queda impune. Julián quedo atontado, sin saber cómo su novela se había convertido on historia. El curso del proceso se lo descubrió. Por coincidencia desventurada acertó á describir un delito cometido en el lugar y en las horas que ér designó al acaso. El herido y dos mozos de la estación del Mediodía que vieron correr á un hom- bre, dieron de su estatura, traje y barba, señas que aunque por vagas podían referirse á muchas gentes, coincidían por lo mismo con las señas personales de. Julián. Con esto y con su confesión desdichada hubo pruebas bastantes para condenarlo. En vano el abogado defensor, quizá sin verdadera fe ni convencimiento, expuso elocuentemente ante el tribunal las nuevas teorías científicas del hipnotismo y la sugestión para explicar el fenómeno de acertar con un hecho que no se ve ni se presencia. Julián- fué ápresidio, y allí está el pobre artista de delitos disfrutando el premio de su inventiva y arte. Porque tiene asegurado el pan para diez años. Y ahora el público llame á escena al verdadero autor de esa tragedia, e l cual por modestia guarda el incógnito. Si sabe leer y lee esto, ¿tendrá la caridad suficiente para sustituir al falso autor, ó siquiera la envidia bastante para reivindicar el pan que le ha quitado do la boca? EUGENIO SELLES DiBTOos DE HUERTAS Re la Real Academia Española