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J rr, A. 1 i I I j I AS El teonioismo usual de nuestros hospitales designa con el nombre de calandrias á ciertos desdichados que no teniendo ni oñoio ni beneüoio, ni casa ni lecho, ni pan ni agua, acuden en busca de algo de eso á los establecimientos benéficos, fingiéndose enfermos do dolencias que no curan la medicina ni la farmacia, sino el caldo y la carne de la olla grande. Esta explotación de la caridad oficial es frecuente en Madrid Los tales pasan su semana de festín en el hospital, y acabados los días ó la paciencia misericordiosa de los doctores, son puestos de patitas en la puerta, tan sanos como entraron por olla y repuesto el buche para otra semana de abstinencia. Y hasta otra semana de hartura. El oficio es ingenioso y sin quiebras. Pero es peligroso abusar del arte. Aunque el refrán diga que lo que abunda no daña, la abundancia del ingenio y la perfección de sus obras suele dañar en esta España imperfecta y desmedrada. r r Y eso acaeció al pobrete de Julián González una vez que aguzando el intelecto y afinando la puntería quiso inventar los calandrias de cárcel. Había disfrutado sus ocho días de hospital, sus ocho días terceros, porque gozó los segundos en el mes de Julio y los primeros en el mes de Marzo. No podía repetir más la suerte en tan poco espacio; el níédico le había advertido seriamente que iba curado lo menos para un semestre. Pero el hambro no se dio por enterada del aviso facultativo, y le picó bravamente. Vagabundeaba por calles y plazuelas, caviloso como todo sabio, porque sabía que no había comido desde la mañana anterior, y desesperado por no saber si comería á la siguiente. Pasaba á la sazón una pareja de polizontes conduciendo á un raterillo, cogido por pura casualidad en ellos y notable desgracia en 1. Quejábase el ladronzuelo, y lo consolaban los guardias dioiéndole: Anda al Abanico; anda, bribón, que buena suerte tienes. ¡Pero si no he sido yo! clamaba el preso. ¡Que me lo prueben! -Ya sabemos que no se te probará el hurto, pero nadio te libra de una quinoena por blasfemo. ¡Y te quejas cuando te vamos á asegurar e l pan por quince días! Julián vio olcielo abierto: el cielo de la cárcel. ¿Quince (3 ías por blasfemo falso? Pues si yo soy homicida también falso, tengo comida para quince meses. Y tan pronto pensado como hecho, Julián se fué derechamente al Abanico trazando por el camino, los pormenores de un delito imaginario del cual iba á confesarse autor. No se atrevió con el homicidio consumado; le repugnaba comerse á un muerto. Se contentó con un herido El director de la cárcel quedó admirado de la honradez profesional de aquel delincuente que se metía espontáneamente en la prisión.