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Durante el día los angelitos lloraban pidiendo pan á voces, hasta que rendidos, más que al sueño, á la fatiga y á la debilidad, so sentaban en tierra ó se echaban sobre sus camitas, escondiendo entre las sábanas aquellos rostros pálidos y tristes, con huellas de vejez y sufrimientos prematuros Durante la noche se agitaban con sueños inquieto? mientras que las hermanas de la Caridad y los dependientes de la casa, formando oorros, hablaban en voz baja de negocios inmun Los, de escamoteos fraudulentos, de verdaderas prevaricaciones, mezclando á estos repugnantes m. anejos ios nombres de los señores, de los ilustres señores que tenían la misión de velar por la buena administración de aquel Asilo. Sor Marcela m. uohas veces interrumpía aquellos relatos con im. preoaciones, y llena de santa ira, porque la virtud tiene ira, como el cielo tiene rayos, se proponía tomar justa venganza propalando aquellos hechos, apelando á la conciencia pública, mendigando de puerta en puerta un pedazo de pan, no para ella, sino para aquellos infelices angelitos á quienes amaba con toda su sima. Por las mañanas muy temprano salía la pobre monja acompañada de otra hermana á pedir de casa en casa una limosna para los hospicianos; p e r o a l regresar ya la esperaban á la puerta los viejos del Asilo, los cuales con egoísmo bestial la rodeaban, é introduciendo sus temblorosas mauos en la gran cesta de provisiones, arrebataban cuanto en ella había para dar pasto á sus fauces desdentadas, que se abrían famélicas. Allí ofrecían la más repugnante escena; porque los viejos se llenaban de injurias, se arrebataban de las manos los trozos de carne cruda y de pan duro, rodaban por el suelo en busca del manjar apetecido, y unos caían sobre otros, apuñeteándose y pataleando con furor senil y terrible. Sor Marcela defendía con valor el pan de sus niños, pero siempre salía vencida en la contienda, y veía, con v tí llanto en los ojos, que casi nunca le alcanzaban las provisiones para los pequeños, los cuales iban pasando uno tras otro á la enfermería, que era la antesala de la muerte. El día de Viernes Santo, cuando cruzaba la procesión por las calles más céntricas de la ciudad, una monja se abrió paso entre la muchedumbre y se detuvo ante la comitiva que avanzaba presidiendo la sagrada ceremonia. Allí iban el gobernador, los diputados provinciales, los ediles, luciendo todos bandas, medallas ó oraoes, y llevando con cierta majestad el gran cirio encendido. ¡Infames! exclamó la monja: ya sólo quedan siete niños en el Asilo Vosotros habéis matado de hambre á, los demás. No tenéis conciencia, ni virtud, y sin embargo, venís aquí á ostentar la religión que os falta, encubriendo vuestros crímenes con la más repugnante hipocresía Ea, fuera de aquí, miserables; ¡ya que no tenéis religión, no vengáis á profanarla! Diciendo estas palabras, se desciñó la monja su an rosario y comenzó á azotar el rostro de diputados y ediles. ¡Esa mujer está loca! gritaban las autoridades. Sujetadla sujetadla Con efecto; sujetaron á sor Marcela y la condujeron al hospital, en tanto que la procesión seg iíasu curso y los señores de la, comitiva mostraban sus bandas y sus cruces, marcando el paso á los acordes de la música y mirando con cierta solemne coquetería á las damas que se asomaban á los balcones para verlos. DiBCJOS DE MIKDEZ BEINGA RAFAEL TORRÓME