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y LA IRA DE LA VIRTUD La administración, pública había llegado en aquella provincia al más escandaloso desconcierto; los organismos oficiales no eran otra cosa que pretextos para, mantener onadrillas de vagabundos; y los diputados y ediles, representando el papel de jueces en las causas de que eran cómplices, principalmente vivían atentos á saciar sus vanidades y á; perpetuar sus lucros. En el Asilo, en la Casa- de Maternidad, en la Inclusa, entraban á saco el hambre y lacerías para condenar á muerte en horrible tormento A aquellos infelices que no tenían que expiar otra culpa que haber nacido rodeados de culpables. Entre las monjas que cuidaban do los niños del Asilo había una, llamada sor Marcela, en cuyo corazón arraigaban y florecían los principios del cristianismo, que son ley eterna de la vida y hermosura del alma. No era como otras monjas, un fonógrafo humano de oraciones, sino un manantial de virtudes. Destinaron á sor Marcela á la sala llamada del destete, en donde se albergaban los niños de dos á seis años, y daba gozo ver á aquella santa, que tenía á su cuidado treinta y siete ángeles, atenderlos y arrullarlos sin abatimiento ni flaqueza, sin esperanza de gratitud ni estímulos de parentesco. Era aquella sala una habitación baja de techo, que mediría cinco metros do larga por tres de ancha, y que tenía comunicación con otra pequeña pieza llamada enfermería, donde también entraban los niños á j u g a r mientras agonizaban los enfermitos. Recibían ambas habitaciones menguada luz por tres ó cuatro ventanuohas colocadas á un mismo lado, y á derecha é izquierda de ambas salas había ringleras de camas- cunas cubiertas de colchas encarnadas. A q ü i e h eiitrába en aquella habitación obscura y húmeda le repugnaba el tufo que hiede á miseria oficial, que es la más repulsiva de las miserias, y veía revolcarse por tierra á los pequeñuelos vestidos con la blusa del Asilo, riendo unos, gritando otros, llorando muchos, en tanto que los enfermitos estaban gimiendo ó amodorrados por la fiebre, y con las huellas del raquitismo y de algunas repugnantes enfermedades niostraban ser el spoUarium de los vicios sociales y l o s despojos de un pueblo que se pudre. Entraba allí sor Marcela como el ave en un nido repleto de polluelos; los niños sentían al verla movimientos filiales en el alma; los que no podían andar la llamaban á gritos; la habitación obscura parecíales que se inundaba de luz clarisinía; la rodeaban, la seguían, se le encaramaban por los hábitos haciendo presa en el gran rosario que le pendía de la cintura, y que era para ellos una cuerda con que subir al oielp, ylos enfermitos se ponían derechos en sus camas, agitando las manos ante aquel ser celestial que j; epresentaba la esperanza, el consuelo, el cariño, la alegría, un rayo de amor humano en el vientre de la ferocidad administrativa. La Diputación suspendió sus pagos; los abastecedores se negaron á suministrar víveres; los diputados se excusaban ante aquella catástrofe diciendo que las arcas provinciales estaban vacías, que las deudas jaran muchas, y los recursos menguados; por todo lo cual el hambre se cebó en las infelices criaturas asiladas, sin que la pobre monja, pudiese remediar tanta desdicha.