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¡ADIÓS, MADRID! Llegó ya el momento de la general desbandada, y á las primeras horas del anochecer, mientros los paseos y calles céntricas de Madrid quedan envueltos en nubes do polvo, otra nube do carruajes baja por la Cuesta do San Vicente, conduciendo á la estación del Norte á los folicrs mortales que huyen do esta capital polvorienta y abrasada en busca de aire puro y limpio para sus pulmones y do un i? LA PLANA MAYOR DE LA ESTACIÓN AGREGANDO UN COCHE- SALO- Nf poco de agua más clara que la del Lozoya para mitigar su sed. ¡Adiós, Madrid! -dicen todos los viajeros con acento do satisfacción. ¡Adiós, pueblo del polvo, del agua turbia y de la temperatura qae llamó un periódico la temperatura del frito Hasta que las lluvias otoñales, lavándote y refrescándote, te conviertan nuevamente en una ciudad europea, no cuentes más con nosotros. Y los viajeros se apiñan en el amplio andén de salida junto al expreso, ya formado, que ha de transportarles á las playas cantábricas de aquende ó allende el Bidasoa. l viajero que encargó un reservado recorre todo el tren buscándolo, y acaba por encontrar al jefe de estación, D. Teodoro Echevarría, tan celoso en sus importantes funciones como amable en su trato, quien saca al viajero del apuro, y contesta á treinta viajeros más que le acosan con sus preguntas ó sus peticiones. Otro SALIDA DEL EXPRESO grupo de expedicionarios rodea á D. Luis Hernández, segundo jefe de la estación, solicitando de él que los coloque, operación casi tan difícil para un jefe de estación como para un ministro, pero que el Sr. Hernández, merced á su práctica y á su claro talento, realiza con relativa facilidad. Los viajeras de los coches de lujo abordan á D. Federico Barca, encargado de estos carruajes, con solicitudes ó preguntas, y al fin cada viajero se mete en su departamento, y suena el timbre, que anuncia con cinco minutos de anticipación la salida del expreso. No haya miedo de que ningún expedicionario se quede en tierra; y si se queda alguno, será aquel infeliz que pagó entero su billete y no pidió ningún favor á nadie. Silba la locomotora, arranca el convoy, el tren sale de la estación, y los viajeros, asomados á la ventanilla, gritan: ¡adiós Madrid! á una nube de polvo que ven tras la mole del Palacio Eeal, y oyen el agudo son de un clarín que desde el cuartel de la Montaña dice, con las notas de un toque militar: ¡Felices vosotros; aquí nos asamos, caray! Fotografías Asenjo 1 O arráncame el eoraaón, ó ponnos un abonado I