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pueden poner á nuestro lado. A lo mejor, como el caudillo de los Sármatas, esotro día, se cruzan de brazos y se dej a u despedazar sin cumplir con su obligación. La muerte sin defensa es una cobardía y una estafa á los romanos. Habla otro. ¡Bah, tú no eres mas que uno de los pobretes que salen al circo coa red y tridente en busca de tu pescado! Lo gallardo del oficio nos alcanza á los que manejamos la espada y el escudo, á los de la escuela de César. ¡Qué beroioso espresentarse con el casco azul de alas y cimera rojas, coa botinas de hierro y los brazos cubiertos de vivo color, dejando sólo al desnudo el pacbo robusto para recibir el golpe del hierro contrario! Un pueblo entero t e contempla. Los senadores te admiran, los caballeros te envidian. Las mujeres más hermosas y más nobles t e devoran con los oj os, que parecen luceros en noche sin luna. Eso es lo más grande que hay en el m u n d o Con el tiempo, hasta la gente más alta de R. oma vendrá á la arena, si quiere la verdadera gloria. Después de todo, las distancias so van acortando, y de la esclavitud al orden ecuestre no hay más que un salto. ¡Viles esclavos! -exclamó u n caballero que por ciertos amoríos y loca afición se había contratado entre aquella ruin gente. -No toquéis á las clases honradas y ciudadanas. Yo soy un hombre libre, y puedo bajar á la arena. Vosotros no podréis jamás subir á ia toga. -P a g a una ronda de copas por tu insolencia, mancebo- -replicó un gladiador de Capua, -y defiéndete mañana con la espada y el escudo, usando mejor maña de la que tienen tus palabras. Por Cloé la milesia has tirado tu anillo de caballero; yo prometo heredarte el anillo y la cortesana. -No tienes que esperar á la aurora. Ahora mismo podemos dirimir el litigio. Si quieres, á puño; si quieres, con el hierro, -gritó el quírite degenerado. ¡Imbécil! -dijo el de Capua. -Plutón ya te tira de los pies; pero no he de ayudarle sino delante de César, que es quien me paga. Aprovecha las horas que te quedan hasta que los garfios te arrastren por el circo y to saquen por la puerta de los muertos. ¡Paz, amigos! -gritó Vero. -El de Capua tiene razón. El gladiador es hijo predilecto de Venus y de Marte. Mantiene en los pechos romanos el ansia de las batallas y el espíritu do la victoria. Los acostumbra á no estremecerse ante la sangre derramada y las carnes palpitantes del enemigo que agoniza, y los enseña á sucumbir, cuando la muerte es inevitable, con arte y majestad sublime. ¡Cuántas veces decidió una campaña contra los bárbaros el ímpetu de nuestros compañeros! El desprecio hacia nosotros está en las leyes; pero el amor del pueblo sale por encima de todos los mandatos escritos; como que Némesis está en poderío por encima de Temis. Por las Furias os juro que el mundo es de los valientes, y habrá algún César que llegue á imitamos hasta que algún Espartaoo de los nuestros llegue al imperio y pueda ser Augusto (1) (Los maestros y am. os de la chusma disuelven á latigazos la reunión, y se llevan á los que disputan á sus cubículos. ANDRÉS MELLADO DIEOJOS Da V I L L O D A S (1) Cómodo, en el siglo II, luchó con los gladiadores. Garacalla peleó como gladiador en el circo, y su sucesor, Maorino, había sido gladiador antes de llegar al imperio.