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EN LATABERNA VINARIA DE PRÓCOLO EXTRE GLADIADORES Varias tablas formando cuadrado cierran el recinto puesto al aire libre. Lo más inmundo de la sociedad romana se halla agrupado formando corro y bebiendo. Destáoanse en el primer lugar algunos gladiadores que han vencido aquel día en el anfiteatro Flavio (Goloseo) Unos cuantos que acaban de llegar de Capna, y que deben combatir al día siguiente, escuchan con entusiasmo las jactancias y relatos de los do Rávena, ya viejos en la ciudad. Habla Prisco, uno de los héroes del día: -Vaya al infierno hoy el vino de Veyes. Ahora sólo debe beberse el Massica de lo caro. Bien lo hemc ganado. M ¿qué lo hemos de gastar cuando Mamurra, el más bravo de los reciarios de Campania, viene á hacer libaciones con nosotros? Mamurra. Se agradece el agasajo, y y o correspondo como debo para celebrar la jornada de esta tarde, déla que algo me han dicho; mas prefiero oiría contar por vuestros propios labios. Prisco. -No ea la vez primera ésta en que el pueblo, harto de ver el desmayo con que unos combaten y el mal garbo con que los otros se hieren, haya pedido que yo y Vero salgamos á la arena. Ninguno de los dos estábamos en los anuncios, y la mañana se había pasado en una lucha de mujeres que, aunque bravas, gritan al, caer, se descomponen y dan asooi Luego vino una mojiganga en que pelearon dos docenas de pigmeos, y por más que murieron muchos, dieron que reir. No sabían batallar ni caer airosamente. Se había amontonado en el espoliarlo más de cien luchadores, formando montón de carne muerta, sin que se hubieja visto nada bueno. Tuvimos el espectáculo de un combate entre dos flotas, y más de quinientos cautivos ó condenados á muerte hicieron lo que pudieron. Pocos lograron salvarse y recibir la licencia. Pero la gente aficionada, la que entiende el verdadero mérito, rompió, á pedir con estruendo un juego personal entre el buen Vero y yo. Por allí andábamos. Pagaron bien al lanista, nuestro maestre de gladiadores. El emperador, que accede á todo lo que pide el pueblo, dio la orden, y salimos. Yo no he de decir lo que hice. Las mismas vírgenes vestales daban gritos de contento y de triunfo al ver lo que sabe hacer un hombre cuando tiene corazón y brazo, y domina el arte. Que hable Vero. Vero relata los incidentes de la lucha. Había sido igual, terrible. Quedaron rotas las espadas. Ninguno de los rivales quiso alzar el dedo declarándose vencido. Los hicieron descansar varias veces, dándoles bebidas confortantes. La pelea no terminaba. El pueblo en masa se puso en pie, pidiendo á César que mandara separar á aquellos dos valientes. El César, de repente, mandó á ambos el libelo de libertad y la palma de la victoria. Cien mil personas reunidas en el inmenso anfiteatro prorrumpieron en aclamaciones de aplauso á la piedad y sabiduría de Domiciano. ¡Que los dioses protejan al gran emperador! -exclama uno, -al sumo, al óptimo dios latino. Él es el padre de los gladiadores, es la deidad de los valientes. Nunca hubo en Roma las fiestas de ahora. Él, por satisfacer al pueblo, l e d a todít clase de espectáculos; mas para que se vea su divina sabiduría, sólo goza con los que saben matar ó morir gallardamente. Comanosotro s, desprecia á los criminales y a los oáutivos. Esos no se