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V T j ¡i! íífH. fl j; r- i i i! Bit wBB f tf -Hay vacante una plaCorría el año 216 antesza de edil, le dijeron. ¿Por de nuestra era. Y digo que corría, qué no te presentas candidato? porque así lo aseguran- -Haced lo que queráis, los historiadores. Ellos sabrán por qué contestó Paulo Emilio. Y le presentaron, y ese año andata tan de triunfó sobre doce conprisa. En las llanuras de trincantes que solicitaCannafi se encontraron ban el mismo cargo Esto de los doce contrinAníbal y Yarrón. Si se hubieran encon cantes lo dice un histotrado los dos solos, á fe riador. Yo, con su permiso, que la Historia no t a- bría señalado esta fecha; oreo que para que haya pero es el caso que con contrincantes es necesaVarrón iba un numei oso rio que haya trinca, y ej ército romano y á Aní- como toda trinca se forbal acompañaba el grueso ma de tres, ó sus contrade las tropas cartagine- rios no eran doce, ó no sas. (El delgado se había podían ser contrincantes. quedado en otra parte. El caso fué que Paulo El encuentro fué for- Emilio ocupó el cargo de midable. edil á gusto de todos, aun Tan formidable que, de sus propios enemigos. Poco después fué nomsegún datos ciertos, quedaron, en el campo de brado augur, y, según batalla la friolera de dicen sus biógrafos, era tal la exactitud con que setenta mil romanos. Aníbal, vencedor, en- desempeñaba este cargo vió ai Senado dé Carta- sacerdotal, que los romago tres arrobas de ani- nos estaban asombrados llos cogidos á los caba- de su acierto y sabiduría. Pero, como indiqué anlleros romanos muertos tes, á Paulo Emilio le tiraen el campo. Por lo visto, los gue- ba la milicia, y á ella con- rreros de aquella épo- sagró su poderoso talento. Su única pesadilla era la disciplina militar. ca entraban en combate con las manos cubiertas de- -No me deis ejércitos numerosos, decía; dadme anillos, como las prenderas. Entre las víctimas de aquella luctuosa jornada, es- sólo ejércitos bien disciplinados. ¡Disciplina y nada más que disciplina! taba el famoso general romano Lucio Paulo. Y al soldado que no andaba derecho, le enderezaba- -Muero derrotado, dijo al exhalar el último suspiro: pero dejo, por fortuna, quien pueda perpetuar las á disciplinazos. Pasaban los años, y Paulo Emilio había contraído glorias de mi i- aza. ¡Roma, ahí tienes á mi hijo! Este hijo era Paulo Emilio que, por entonces, conta- matrimonio con una hermosa joven, hija de una de ba- -pues ya sabía contar- -uüos doce años, poco más las principales familias romanas. ó menos. Tuvo de ella dos hijos: uno de ellos el famoso PuQuedó el niño huérfano al cuidado de unos parien- blio, Cometió, Escipión, Emiliano, Africano, Numantino, tes de su padre, y desde sus más tiernos años demos- y á quien, por si estos nombres ei- an pocos, se le conotró que era un muchacho muy estudioso y de conduc- ció además con el apodo de El segundo Africano. ta irreprochable. A los seis años de casado repudió á su esposa. ¿Por qué? Nadie ha podido averiguarlo. Al chico le tiraban las cosas de la milicia, siendo al- -Mal haces cu separarte de una mujer que es mopropio tiempo muy competente en materias adminisdelo de honestidad y de hermosura, le reprochaban trativas. Cuando era todo un mozo, sus amigos le animaban sus amigos. -Mirad mi sandalia, contostaba Paulo Emilio. No á que solicitara algún destino.