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Manolo Juárez, sin despedirse del amigo cariñoso, corrió á una librería y compró i a hará negra, die Pablo Koff. Hora negra verdaderamente para él, porque aunque la mala intención del critico buscaba semejanzas ó plagios basta de palabras, es lo cierto que por una de esas misteriosas pero posibles coincidencias, Pablo Kófí en Rusia y Manolito Juárez en España, liabían sentido de modo muy semejante un mismo asunto ó argumento, y salvo en detalles de personajes secundarios, descripciones de sitios y costumbres, salvo, en fin, el fondo del cuadro, en lo esencial, en lo característico, coincidían. La lectura de aquella novela fué como u n rayo para el pobre Manolito Juárez. Su originalidad, su título más preciado destruido de pronto y por un fenómeno inexplicable é inverosímil. Podría asegurar que ignoraba la existencia de la novela y aun de su antor, ¿pero quién se lo Labia de creer? Efectivamente, la noticia del plagio circuló como una grata nueva por las covaobuelas literarias, asomó diferentes veces eri la prensa, y ya nadie volvió á llamar escritor original á Manolito Juárez sino con letra bastardilla ó poniéndole el inri del siguiente vergonzoso signo Q) Lo que le restó de vida á mi pobre amigo fué muy triste, y voy á referirlo con la concisión propia según los corresponsales del telégrafo y según el egoísmo buraano de las amarguras. Nunca sintió como entonces Manolito Juárez la fuerza de su potencia imaginativa, y nunca ideó, trazó, planeó más asuntos ó argumentos de narraciones, de novelas, de dramas originales. Su fantasía, su energía creadora le hostigaban á ia producción, y el pobre muebaolio, atorrado por el pasado desastre, no se atrevía á revestir de forma literaria sus abundantes ideas, temeroso de incurrir en nuevas coincidencias ó en nuevos plagios para la malicia de los hombres. La obsesión de la coincidencia no le dejaba descansar tranquilo, y apenas alboreaba una idea en su mente revolvía bibliotecas y librerías para convencerse de si en las literaturas francesa, inglesa, alemana, rusa ó clásica española existía algo semejante. Su probidad literaria le obligaba sin cesar á esas lecturas y consultas, que le impedían toda producción y minaban su cerebro. Y gracias á que en sus tiempos de renombre cierto ministro de Fomento aficionado á las letras le había proporcionado un empleo modesto, podía subsistir el infeliz. A mí me mareaba u n día sí y otro también con ia exposición de sus ideas ó argumentos para nuevas producciones, y la pregunta indefectible de si sabía si á algún escritor de cualquier parte del globo y contemporáneo ó pretérito se le había ocurrido algo semejante. Asi, y á pesar de mis consejos, se pasó seis años sin publicar y aun sin concluir nada, llenando cuartillas y rompiéndolas por la menor sospecha de la más leve coincidencia. Por fin cierta tarde le encontré y me dijo: -Ven mañana por casa; quiero leerte una novela que estoy escribiendo. ¡Hom. bre, gracias á Dios! ¡Completamente original! -Me alegro tanto. -Época antigua. asunto humorístico y hondamente humano! ¡Mía, completamente m í a l N o faltaré, le respondí. jMía, mía! repitió con la tenacidad de un monomaniaco. ¡Pobre Manolito Juárez! Fui efectivamente á su casa, nos sentamos para la lectura, alargó la mano á un rimero de cuartillas, y empezó á leer con voz vibrante, clara y firme: CAPITULO PRIMERO En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía u n hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín ñaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero ¡Todo el primer capítulo del Quijote! Creí al principio que se trataba de una broma diabólica, pero bien pronto me convencí de que mí pobre amigo, á fuerza de lecturas para evitar el plagio y la coincidencia, monomaniaco de la originalidad, había llegado á creer de buena fe que era suyo el Quijote. Poco tiempo después, Manolito Juárez fué recluido en una casa de salud, pagándole su hospedaje y asistencia una Asociación benéfica de literatos que por hacer caridades se olvidaban de escribir. ¡Murió en la casa de salud sin concluir el Quijote! To acompañé su cadáver al cementerio, y notando que no pendía dei carruaje fúnebre la corona que esa Asociación dedicaba á todos sus muertos, exclam- é enjugándome una lágrima: ¡Pobre Manolito Juárez! Es el primer literato socorrido por la Asociación que va sin corona al cementerio. ¡Siempre tan original! J O S É DE DIBUJOS DK BLANCO COKIS ROURE