Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
¡Animo! ¡No hay que desmayar! ¡Usted es hombre de espíritu fuerte y sereno! Usted, si no me engaño, ha oonooido la dicha, y no todos los hombres, al mirar hacia atrás en el trance en que usted se encuentra, puteden decirlo mismo. ¡Oh, si, he sido dichoso, pero mi felicidad fué. tan corta! balbució el duque con angustia. ¿Tiene usted algún encargo que confiarme ó una última voluntad que hacer cumplir? No está de más aprovechar eltiempo. Pero, doctor, ¿no hay ningún remedio contra la, nona? -7 ¡Ninguno! ¡Al que se le presenta ese mal, un milagro únicamente puede salvarlo! El duque, desfallecido, inclinó la cabeza sobre el pecho, ¿No quiere usted que se avise á alguna persona de su familia? ¿No. quiere usted despedirse de nadie? -preguntóle el doctor Bonfanti con intensa emoción. Entonces el duque, irguiéndose, dijo: -Si; quiero despedirme- ¿De quién? ¡De la duquesa! ¿Habrá tiempo suficiente para que venga de Niza? -Llamándola por telégrafo sin perder un minuto, puede llegar en el rápido, -contestóle el doctor. Se telegrafió á la duquesa, y mientras el duque de Trim. onti miraba pasar las horas, los minutos y los segundos en cruel ansiedad, contaba al doctor Bonfanti lo venturoso que había sido con la duquesa, única mujer á quien había amado. Referíale la historia de su separación, motivada por causas pueriles: una historia de infundados celos y de heridas de amor propio tan leves, que ni á recordarlas acertaba siquiera. Arrepentíase de haber estado tanto tiempo lejos de la que le había enseñado á amar y á sor feliz, y el pensar que podía morir sin verla lo atormentaba. ¡Ah! -exclamó lanzando un profundo suspiro. ¡Si no olvidase el hombre que, cuando menos se espera, puede venir un momento como éste, se abrazaría á los seres que ama y estrecharíalos toda la vida contra su corazón! La hora nona se iba acercando y no acababa de aparecer el tren rápido de Niza. El doctor consolaba al duque, asegurándole que llegaría la duquesa. antes de sonar la fatídica hora. Ya no faltaban más que veinte minutos, y el tren, que iba con retraso, aún no había entrado en la estación de San Bemo Cuando ya el duque, en honda agitación febril, perdía la esperanza de ver á su esposa, oyóse la llegada del tren. La duquesa corrió á la villa, voló más bien en alas del amor, donde el duque, que presuroso fué á su encuentro, y ambos se confundieron en un abrazo apretadísimo. ¡Oh felicidad! -dijo el duque de Trimonti á su mujer. ¡Aún tenemos cinco minutos para amarnos, para abrazarnos, para vivir unidos! ¡Mucho más de cinco minutos! -gritó loco de alegría, sacando su reloj, el doctor Bonfanti. ¡Mi reloj es el que anda bien! ¡Ya pasó el peligro! ¡ya dio la hora nona! ¡Qué dicha! ¿Es verdad? -murmuró la duquesa, mirando al doctor. ¡Ah! ¿Es seguro? ¿Con que me he salvado? le interrogó vivamente el duque. Y el doctor Bonfanti, sin poder contener el júbilo que sentía, contestó gozoso: ¡Ya no hay nada que temer! ¡Conozco bien la nona! ¡Como que soy yo quien la ha descubierto! V A tt iJ ERKESTO GARCÍA J ii í -3. jt ií!