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LA HORA NONA GÜKNTO Cuando nadie lo esperaba llegó el joven duque de Trimonti á sawíte de San Remo. No había estado allí desde la primavera anterior en que, acompañado de su esposa, una encantadora veneciana de ojos azules y dé cabellos de oro, se le había visto risueño y feliz, mostrando n su semblante esa inequívoca expresión del que vive en plena dioba, Pero esta vez el duque llegaba solo, triste y abatido. Sabíase que entre el duque y la duquesa de Trimonti había habido desavenencias y disgustas, y que los esposos se habían separado, yéndose ella á vivir á Niza con una hermana y él á París, donde procuró olvidar la soledad en que había quedado desde la separación. Así es que el verlo llegar solo á. nadie le causó sorpresa. Al día siguiente de su llegada á San Remo el duque hizo llamar al doctor Bonfanti. No se sentía bien, y aunque atribuía su malestar á- la fatiga del viaje, quiso que fuera á visitarlo el sabio y famoso médico de la localidad, á quien conocía de antiguo y en quien tenía una confianza ciega. Apenas el doctor Bonfanti reconoció al duque, examinándolo con atención y auscultándolo detenidamente, se quedó pensativo, sin pronunciar palabra alguna, como si se tratara do un caso grave. ¿Qué es, doctor? preguntó el duque con visible inquietud. Después de vacilar un momento, el doctor Bonfanti dijo: ¡Pues es la nona! ¿I i a nona? murmuró el paciente. ¡Si! En mi profesión á lo mejor hay penosos deberos que cumplir, y es imposible sustraerse á ellos por dolorosos que sean- oontinuó el doctor. Cuando esta enfermedad aparece en un individuo, él m. édico se ve obligado á anunciar al enfermo el peligro que corre, para que tome las disposiciones propias del caso. La realidad, la terrible realidad se impono en esta ocasión con apremiantes caracteres: no puedo ocultarle á usted que de la nona es muy raro el que se salva, y esa enfermedad se llama así porque, una vez que se manifiesta, es ai d a r l a hora nona cuando sobreviene el fatal desenlace. ¿Cómo? exclamó alarmado el duque. T el doctor Bonfanti, mirando su reloj y enseñájidoselo al enfernaó, dijo con entrecortada voz: ¡Desgraciadamente, para la hora nona ya no son muchas las que faltan! iDoctor! ¡doctor! ¿Con que m. e hallo en tan inminente peligro?