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En un barrio de Sevilla ouna de celebridades en tipos de ingenio y gracia, y á la puerta de la calle de la histórica herrería do nn gitano muy notable, sentada tomaba el fresco un domingo por la tardo su hija, Juana la Mellizo, flamenca de pura sangre, hermosísima criatura de cabellos abundantes, dientes blancos, ojos negros, y todas las generales de la ley de construcciones de nuestro humano linaje, cuando de repente ¡zas! como alma que lleva el diaatre, pasó en una bicicleta en vertiginoso viaje un señorito muy flaco, muy ceñido el atalaje, cuello largo, brazos socos, y dos piernas como alambres. Al verlo nuestra gitana, que nunca vio cosas tales, se levantó dando un salto, y entre gestos y visajes Santísima! ¡Josucristo! ¡Pare, maro! Asustados los parientes acuden atropeÜándose al lugar de la ocurrencia temiendo alguna catástrofe, y al ver á la pobre J u a n a lívida como un cadáver, trémula y sobrecogida, todos con angustia grande le preguntan: ¿Qué to pasa? ¿Qué te ha sucedió, aroánge? ¿Has visto ar mengue, hija mía -Habla. -Di. -Contesta. -faro, dice la muchacha, he visto- ¿Qué has visto? -No pueo esplioarme. -Tranquilízate, y gomitalo. -Sí, hija, sí, lárgalo. ¡Espláyate! ¿Qué es lo que has visto, sentraña? ¿Qué he visto? Pus asombrarse: ¡el esqueleto é un gachó, que ha pasao po aquí delante montao en unas telarañas y como jtiyendo é Vliamhre! JAVIER DE BU RG- OS