Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
que era natural de Errázula, pueblo de las Provineias Vascongadas, donde vivía su madre muy contenta y satisfecha de los éxitos de su Mja. Paohín, al llegar á la última parte del articulo, dió un bote en la silla; luego lloró como un cMquillof tuvo intenciones de ir á m. atar á la tía Maureta en el acto, pero el secretario; después de haberle causado tan honda herida, le prodigó el vulgar consuelo de que lo mejor era aguantarse. No pensaba Paohin en tal cosa en aquel instante; pero en medio de su grosera ignorancia tenia un fondo moral tan grande en el corazón, que al amor sucedió á los pocos días el desprecio, y á éste la lástima y olvido. Al año Paehin había recobrado su antiguo buen humor, y si alguna vez se acordaba de Magdalena era con la indiferencia que podía recordar á cualquier conocido cuyo trato no le hubiera importado ni poco ni mucho. TJn día se anunció que Magdalena volvía al pueblo para ver á su madre, para comprar una porción de fincas y edificar un palacio donde retirarse cuando se cansara del mundo; y con efecto, una mañana de día festivo, cuando las gentes de Errázula salían de misa, fueron sorprendidas por la llegada de lujosa cesta tirada por briosos caballos. Allí iba Magdalena esplendente de belleza y de joyas y orguUosa de la admiración que iba á despertar entre sus amigas y paisanos. En la cesta iba también la tía Maureta, que había salido al camino á esperarla, y cuyo rostro tostado y toscas sayas formaban horrible contraste con los colores vivos de carne bien cuidada de su hija y con sus elegantes atavíos. La tía Maureta no cabía de gozo en el carruaje. Aquella entrada era uno de los triunfos con que soñaba. Despertar la envidia de todos es el placer de los espíritus groseros. Y la tía Maureta gozó mucho suponiendo que las que presenciaban atónitas la aparición de Magdalena se desharían interiormente de rabia por no poseer aquella cesta, aquellos caballos y aquella fama. Paohín, guiado de la curiosidad, se acercó también á ver á la viajera; apenas si recordó sus facciones á través de los afeites y colorines que llevaba Magdalena; pero no había duda, estaba más hermosa que cuando se fué. Ella le reconoció en el acto y le saludó cariñosamente con la mano. Aquella noche Paciiín no durmió tranquilo; pensaba en ella, es decir, en la bella García, pero no en Magdalena. Al día siguiente le dieron bastantes bromas sus amigos, con la santa intención de molestarle en lo posible; pero él que miraba con los ojos ávidos á la bailarina, no sentía ya ningún amor por Magdalena. Era ésta otra muier que le gustaba, pero á la que no quería. La otra había muerto completamente para él. Magdalena, entretanto, desarrollaba sus proyectos impulsada por la vanidad más estúpida. Todo quería comprarlo para hacer ostentación de su riqueza, y para edificar su soñado hotel hacía venir de la capital de la provincia los obreros más costosos, pagando además el terreno á precios que eran fabulosos en aquella comarca. Pachín la veía todas las tardes cuando iba á trabajar, pero no la hablaba nunca; ella, en cambio, desde la puerta de su casa le sonreía amablemente y buscaba el momento y la ocasión de hablarle. Porque Magdalena, que había llegado á Errázula por un capricho, se sentía pegada á aquel suelo y á aquellas gentes, tan inferiores á los lugares y á las personas que había conocido en su ruidosa carrera. T aquel Pachín tan mísero y tan franco, le parecía un hombre de distinta especie que los príncipes y duques que acababa de tratar y que tanto habían halagado su vanidad. Un día, aun corriendo el riesgo de que Pachín no la hiciera caso, se decidió á llamarle con el pretexto de a Í: i jí l l í l. -l m Z w: ÍC