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I) M Xíiivin) Pi) lv rón. lleno de viva ilusión estieiíó La serpentina, comedia oulta y muy fina, pero sin tipos ni acción. Sólo por Tin compromiso, la empresa so vio en el caso de hacer la comedia, y quiso complacer á don Narciso saliendo pronto del paso. Fué un estreno indiferente. Ni hubo grita ni ovación. Pero a l a noche siguiente apenas acudió gente á presenciar la función. ¿Quién había en el local? En los palcos tres personas, si yo no recuerdo mal; dos señoritas muy monas en u n palco principal, y enfrente precisamente, sólo en su paleo, un gomoso consagrado expresamente á mirar y hacer el oso á las del palco de enfretíte. Se hallaban distribuidos en todo el anfiteatro cuatro pobres aburridos, y á media función los cuatro ya estaban casi dormidos. y en la sala un badulaque de corbata blanca y fraque, y además de este sujeto los catorce de la, elaque y los- cinco del sékteto. Polvorón así que vio tantas butacas dé sobra; una de atrás ocupó para ver si con su obra gozaba la gente ó no. Al ver que absolutamente nadie estaba sonriente, iba amoscándose ya don Narciso, cuando un aoomodador imprudente, tras la cortina enóarnada con otro estaba atisbando junto á la puerta de entrada, y daba una carcajada sonora de vez en cuando. Al notarlo el pobre autor miró al acomodador y exclamó todo asombrado: ¡Gracias á Dios que he encontrado quien se ría á su sabor! ¡Gracias á Dios que hay quien ve por fin la gracia, que es mucha, de mi Serpentina, y que desde su puesto la escucha con lá m. ayor buena fe! V Jliim. iU l su it inii ii, li- dijo así Polvorón: Buen horabre, en usté confio. ¡Me vuelve usté, amigo mío, la alegría al corazón! Usté, tras de la cortina, y á falta de concurrencia, goza con mi Serpentina. Usté se ríe á conciencia, de mi gracia culta yfina. ¡Esa risa natural, es la que tiene valor! Y el buen acomodador, ante una salida tal, le dijo al espectador: ¡Señor, si yo no me entero i amas de estas piececíllas! ¿Pues no reía? -Sí, pero era que mi compañero me estaba haciendo cosquillas. Tanto á don Narciso hirió tal respuesta, que quedó desmayado el pobre allí. No sé si habrá vuelto en siy. pero es probable que no. JüÁN PÉEEZ ZÚSiG- A