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LA ASISTENTA NUEVA Cuando el portero, que sentado, en el umbral, con sus quevedos de vista cansada en la punta de la nariz, leía en un periódico local los escándalos de la última sesión del Municipio; cuando el respetable y abstraído funcionario la con testó, sin mirarla ni apartar su atención de la oratoria edil: ¿La madre rectora? En el principal. Pregunte usted allí á los ordenanzas cuando lá pobre mujer puso el pie en el primer escalón y se consi- deró ya en el. hospital de niños, con su carta recomendatoria en el bolsillo y próxima á ver coronados sus esfuerzos, sintió que se la obscurecía la mirada, que le huía la luz, que se iba á caer. T un instante pei- maneoió agarrada al pasamano, envuelta en el estrépito do terremoto de sus oídos. Nadie advirtió su momento de angustia, ó si alguien lo reparó, por frecuentealli. no le dio importancia. Repúsose, repitió su pregunta á los ordenanzas que se agrupaban en torno de la estufa en. la conserjería, y gracias al nombre del médico que soltaron sus labios trémulos, fué admitida 4 libre plática con la niadre reo tora. ¡Entrada la menestrala en una in desta estancia de encaladas paredes y tibia luz, que amortiguaban cortinas visillos de un tono verde, sentóse en. una de las sillas de anea, y aguardó. El recogimiento de la salita de recibo, su paz dulce y silenciosa, cayeron blandamente sobre su espíritu acongojado, y se fué serenando poco á poco en la tranquilidad de su espera. Todas sus amarguras de aquellos eternos veinte días agolpáronse entonces á su memoria. Vióse saliendo del pueblo desolada en el cairo, con su preciosa carga que á la fuerza tenía que abandonar; vióse en la posada de la ciudad, en su húmedo patio, ansiando y temiendo el supremo instante; vióse hablando con la maritornes de I figón que le había dado la noticia, y luego acordóse de su idea, súbita, inspirada sin duda por la Virgen del Tré medal, de quien era tan devota; de su inaudito sufrimiento para no acompañar el tieriio legado al hospital, para confiar la. entrega á su prima, oamarada caritativa en el triste viaje, á fin de qué no la conoeie- r a n a ella. j. Qué calvario después! Sus antiguos amos muertos; el hijo ausente á la sazón, aunque próximo á regresar, como había regresado; la petición dé la plaza invocando los años servidos fielmente á IQS padres del señorito; la carta de éste para el médico del asilo y la del médico para la rectora; y mientras, dos semanas de martirio, de voluntaria abstención á los jueves de visita. ¡Sólo faltaba que ahora la recomendación no surtiese efecto ó estuviera y a dado el puesto! En la agitación de su ser entero experimentó de improviso cruel desmayo, y la hizo daño el reposo de la hahitaoión. ¡Cuánto- tardabá la buena madre! Ahí está. Entra suave, humilde, con su carita de pasa bajo la blanca toca, ya anciana; toma la carta que le alarga la menestrala, puesta de pie; recorre con sus ojillos vivos las letras. La pretendiente es viuda, asistenta de profesión, cuarenta y ciiíco años, muy hábil y fiel; y sobre todo la recomienda el médico, el doctor Sánchez, á quien tanto se quiere en- la casa. Mirada investigadora, segundo de espantoso anhelo. Buena pinta. T los labios santos dejan desplomarse estas palabras, que abren u n cielo: Desde ahora mismo puede usted quedarse en el hospital. Está usted admitida. I I La media noche pesa con su silencio, siempre melancólico en un hospital, sobre la sala del Ángel Custodio; débilmente iluminada por el valetudinario farolón que cuelga del techo en medio de la estancia. A sus rayos tristes se dibujan en; confusa- silueta las camas de las enfermitas, doble fila de lechos pequeños en los que se adivina m á s el sopor de la fiebre que la calma del sueño, y de los que alza el vuelo de cuando en ouandp un gemido, á la vez que un brazo de criatura buscando por instinto lo que es imposible darle, el cuello maternal, sale fuera del embozo. La hermana de San Vicente que cuida de aquella división del sanatorio do niños acaba do girar una de sus visitas besando frentes y arropando espaldas, y resguardada tras el biombo de su sitio Ice