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YIRXJKI IvOCJL ¿Que si suceden oosas raras en este mundo? ¿A qué oreen ustedes que debo yo la dicha de charlar con m i s mejores amigos en este momento? ¡Al miedo á la viruela! ¿Eh? Que se expliquen osas palabras, exclamó Juanito Ruy Díaz; eso de asociamos á tan repugnante enfermedad no es digno de ninguna persona cortés y bien educada, y á usted, amigo Sanohidrián, le he tenido siempre por un perfecto caballero. -Y lo soy, aunque sin caballo, porque no tenemos aquí hipódromo, y yo, como ustedes saben, soy el punto má s fuerte del Casino. Vengo con el primer ordenanza y me marcho en el último coche. Almuerzo, como, me baño, me afeito, leo y duermo aqui. Si el casino se cerrara, mi cadáver asomaría por debajo de la puerta. -Bueno, ¿y la viruela? -Pues á ella voy, pero haciendo necesariamente un poco de historia. -Hágala usted, que ya nos dormiremos en el capítulo más largo. -Procuraré que todos sean breves. Yo, señores y amigos míos, me encontré en muy tierna edad huérfano de padres y poseedor de una copiosa fortuna y un excelente tío. Este, que era mi tutor y coronel de un regimiento de artillería al mismo tiempo, comprendió la tutela á lo paisano, es decir, que lejos de imponerme los preceptos de la ordenanza, me dejaba campar por mis respetos en la más plena, absoluta y placentera libertad. Además, era poquísimo aficionado á los números, y apenas entré yo en los diez y nueve años de edad, me djio cierta mañana: Mira, sobrino, t ú eres ya üri hombre ó poco menos, yo me- hago un lío con las cuentas. Adminístrate lo tuyo, gasta lo que te dé la gana, vive como quieras y no faltes á t u palabra ni á Dios. Y se fué á un ejercicio de tiro al blanco. ¡Admirable tutor, tío y coronel! ¡No se le reventarían los pupilos ni las granadas! -Capítulo segundo. Cuando me vi dueño absoluto de mis considerables rentas, ¿qué hice? ¡Gastarlas! ¡Pero cómo las gastaba, señores! No hubo en mis. tiempos quien se divirtiera en Madrid como yo; Gocé do todo, abusé de todo, me estragué de todo. Compré el placer á grandes dosis y el tedio por toneladas, y á los cuatro años de esa existencia de orgías forzosas, aventuras ficticias, cenas, bailes, escándalos, disparates y derroche, me encontré conuna oara- muy larga, unas. ojeras muy hondas, un cuerpo muy débil y un cansancio de todo tan profundo, un asco de la vida tan grande, que me dediqué á la lectura y á la meditación como mi abuelo materno. -Pues, señor, hasta la fecha han salido un tío y un abuelo, pero no parece la viruela. -Ella vendrá; hablemos de mi abuelo. Este desgraciado ascendiente mío era un ricacho rural. Vivía en cierto pueblo de Valencia, condenado á alcaldía perpetua. A él le molestaba el cargo, pero como casi todo el pueblo le pertenecía, los que no le pagaban los alquileres ó arrendamientos le votaban, y á fuerza de no cobrar se encontraba siempre alcalde. Su vicio era la lectura; su fuerte la meditación. Pues bien; un día del Corpus, al regresar á su casa de presidir la solemnísima procesión de rito en esa festividad, se encerró en su despacho y so pegó un tiro. ¿Por qué? Unos decían que por haber leído tanto; otros que por haber meditado- con exceso, y otros aún que por haber sido alcalde demasiado tiempo. Yo no era alcalde, señores, pero leía y meditaba como mi abuelo materno- ¡Malo! Ytan malo, que me compré una pistola. La de mi abuelo la guardó como recuerdo el alcalde que le sucedió. Pues bien; leí y leí d. esordenadamente, como había gozado de los placeres años antes; filosofía, historia, libros de religión, libros sin ella, ciencias, novelas Me encantaban las obras tristes, fuesen imaginativas ó de sabor didáctico. La negación, he ahí rai supremo goce, mi única creencia. Y cuando estaba más atiborrado de lectura indigostíi por lo incongruente y desordenada, se me ocurrió enamorarme, ó creer que estaba locamente enamorado de una primamía. El tío, el abuelo, la prima ¿Y la viruela?