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Las revueltas políticas de aquella época tenían muy disgustado á Catón, que veía ea peligro a l a Eepúblioa. Comprendió en seguida hasta dónde llegaba la ambición de Julio se unió á Cicerón para combatirle. Declaróse más tardo contra el triunvirato de Pompeyo, César y Craso, y cuando estallaron las discordias entre los dos primeros, se puso de parte de Pompeyo, por creer que éste no violaba tan abiertamente las leyes. -Yo no ambiciono nada, decía. Sólo quiero la libertad de Boma. Si Porapeyo vence, me retiraré tranquilo á la vida privada; pero sí los dioses no nos ayudan y triunfa el orgulloso César, me suicido. To no puedo ver ciertas cosas. T en señal de duelo, mientras duraron las guerras civiles se vistió de riguroso luto. Los dioses no le fueron propicios, y César derrotó á Pompeyo en la célebre batalla de los campos de Farsalia. César pasó el Rubicón, y Catón. pasó las de Caín. Triste y desesperado, se embarcó con varios senadores amigos suyos, y llegaron á Utica, ciudad do África, al Norte do Cartago, uno de los mejores puertos comerciales de aquella época. El mismo día que llegaron los reunió á cenar con él, y de sobremesa íes dijo: -Amigos míos, aquí no estáis seguros. Es preciso que huyáis. Esta niisma noche saldréis en el baque que nos ha traído. A mí dejadme aquí. He prometido una cosa y quiero cumplirla. No me preguntéis lo que es, porque no os lo diría. Huid, pues. A las dos de la madrugada es la pleamar, y podréis salir del puerto sin peligro ninguno. Abrazó á los senadores, que se retiraron en seguida, y s s quedó solo con su hijo. Este, escamado, guardó la espada que Catón había colocado á la cabecera de su cama. ¡A ver! ¿Dónde está mi espada? exclamó furioso Catón al echarla de menos. -Señor, vuestro hijo la tiene, respondió un esclavo. ¡Pues que la traiga inmediatamente! ¡Pronto! ¡Que no la pida por segunda vez! Y- i I- -y- 1 i -M- l M ii in lU 1 i II 1 i I i i i w 1 I1- 1 -Déjala ahí y acuéstate en seguida, hijo mío. Poro antes dame un beso. i P a d r e tú estás i- ivi j. v! A ti te pasa algo. ¡Nada! no me pasa nada. Duerme tranquilo; pero antes dame otro beso. ¡Padre mío! -Vaya, vaya. Eetírate, que tengo mucho sueño. V Y empujando suavemente á su hijo, cerró la puerta de la alcoba y sé acostó. Leyó durante un par do horas La inmortalidad del alma, de Platón. Temiendo por la suerte de sus amigos los senadores, so asomó á una ventana que daba sobre el mar, y viendo que el buque salía del puerto, respiró con alegría, exclamando: ¡Ya están en salvo i5o r fin! Viento en popa, á toda vela, no corta el mar, sino vuela el velero bergantín. Y se volvió tranquilamente al lecho; Re- conoció detenidamente el filo de su espada, y dijo: ¡Está bien I ¡Soy dueño de mi suerte! Ahora, á dormir. Y se quedó como un bendito. La primera luz de la mañana le despertó. Sentóse en el borde de lá cama, y Como yo no me atrevo á describir lo que íiizo, copiaré á uno de sus biógrafos: V Catón se decidió á poner ñn á su vida clavándose en el vientre la mitad de la es- pada, y no habiéndose herido de modo que mdief e expirar al momento, quiso volver á! mp 6 zar; pero cayó de la cama é hizo caer al nismo tiempo una tabla que había á su lado. U ruido acudieron su hijo y los esclavos, ¡ue habían pasado la noche alarmados; proluraron socorrerle, poro Catón agarró con uerza las entrañas que le salían por Ja he ida, las despedazó y murió casi al instan 6. Tenía entonces cuarenta y ocho años. ¡Lástima de hombre! ¡Era todo un carácter! Por no ver las desdicha j de Roma, se arrancó las entrañas ¡Bien dicen que Catón profesaba á su pueblo un cariño entrañable! 1. O- VJ 1 tf JS