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Oai o Porcio Catón, llamado de Utica, biznieto de Marco Porcio Catón ol Censor según Tinos, sobrino según otros, nació el año 95 antes do Jesucristo. Ignoro el verdadero grado de parentesco que haWa entre los dos Catones, pero desde luego me atrevo á asegurar que ambos pertenecían á la ilustre rama de los Porcios. Hablemos, pues, del de Utica, y dejemos tranquilo si Censor. Desde niño demostró nuestro Catón su amor á. la justicia y su invencible odio á, los tiranos. Bastará citar dos rasgos suyos para probar lo que era la criatura. Siendo Druso, su tic, tribuno del pueblo, varias oíiidades de Italia aliadas de los romanos deseaban disfrutar de los mismos derechos que Roma. Pompedio, uno de los principales jefes de los aliados, y varios amigos suyos, fueron un día de visita á casa de los padres de Catón. Estos habían salido, y mientras llegaban los pasaron á- la sala donde el niño estaba entretenido con varios juguetes. -Hola, Catonoito, le dijo Pompedio. ¿Qué se hace? Pues ya lo ves. Perder el tiempo. -Hombre, éste puede servirnos, añadió Pompedio guiñando el ojo á sus amigos, como preparando una broma. Oye, niño: ¿Qué deseas? -Tu tío Druso te quiere mucho, ¿verdad? -Muchísimo. Tanto como yo á él. ¡Magnífico! Vas á hacernos un favor. Keoesitamos que nos recomiendes á tu tío. ¿Para qué? -Para que nos conceda lo que pedimos. -Si lo que pedís es justo, mi tío oslo concederá de buen grado. Si no lo es, ni él accederá á vuestro deseo, ni yo le recomendaría una injusticia. ¡Ah! ¿Conque no? -No. ¿Y si yo te lo exigiera? -Lo mismo que si me lo suplicaras. ¡Ahora veremos! Y fingiendo incomodarse, cogió al niño por debajo de los brazos y lo sacó por una ventana, amenazándole con arrojarle á la calle. ¿Y ahora, qué contestas? le preguntó suspendiéndole en el espacio. -Pues ahora mismo lo que antes, respondió Catón sin inmutarse. ¿Y si te dejara caer? -Harías una barbaridad, sin provecho ninguno para ti. -Anda, hijo, anda, dijo Pompedio, dándole un beso y dejándole suavemente sobre la alfombra de la sala. Continúa tus juegos, que para la edad que tienes ya sabes más do lo que hace falta. Y dirigiéndose á sus amigos, añadió: -Es xina. sucrle jaara los aliados que éste sea m niño todavía, porque si fuera un hombre, no tendríamos un solo voto en nuestro favor. É El otro rasgo á que me he referido, y que pinta perfectamente el carácter de Catón, es el siguiente: Tenía entonces catorce años y salía todas las tardes á dar un paseo por la ciudad, acompañado siempre de su preceptor Sarpedón, persona muy formal y de reconocida competencia. Un día, al regrosar á casa, se pararon un momento delante del palacio de Sila. ¡Qué hermoso es este edificio! dijo el pequeño Porcio, admirando las bellezas arquitectónicas de la fachada principal. -Pues la fachada es lo de menos, respondió Sarpedón. Lo admirable de este palacio es el interior. ¿Por qué no lo vemos? añadió Catón con marcada curiosidad. -ív o sé si nos permitirán entrar; pero, en fin, probemos. So acercó á los guardias, les dio una propina y los dejaron pasar. Sarpedón y el niño cruzaron el anchuroso vestíbulo, decorado con magníficas estatuas; subieron por la suntuosísima escalera de mármol y jaspe, que daba acceso al piso principal; dirigiéronse luego por una extensa galería cuyos muros estaban cubiertos de riquísimos tapices, y al asomarse á uno de los rasgados ventarnales que daban vista álos patios interiores del palacio, presenciaron un espectáculo horrible... Un centenar de cabezas recién cercenadas estaban en confuso montón sobre las ensangrentadas losas de uno de los patios. Catón se puso lívido. ¿Qué es eso, Sarpedón? -Ya lo ves. Cabezas de proscriptos. ¡Los han dea- ollado! i. fiíi