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En Tin pueblo do Aragón residía un. saorist. ni, hombre recto, y fiel esclavo de la mós sana moral. Pero tenía una falta difícil de sulisanar: que todo lo discutía con tanta tenacidad, que ninguno le apeaba do su modo de pensar. Contradecir los refranes ora su constante afán, y siempre lo realizaba (sin darse cuenta quizás) con tal ini; enio, qucentodos f- i r Ver y creer, dijo un día ol cura de aquel lugar, terminando de este modo su sermón dominical. Y cuando bajó del pulpito replicóle el sacristán: -Eso de ver y creer no siempre ha sido verdad. ¡PuesSanto Tomé lo afirm; -Con mi voto no será, que á veces se v- una cosa y es otra la realidad. ¡aiiOb á la sacristía y allí se convence. r. i. V aocr: uidose a: ruiarií l ndo las ropas están, í- e pnsu media sotana por delante; y muy formal, para revestir el acto de toda solemnidad, -Fíjese usted, dijo al cura; ¿se atreve usted á jurar qué tengo puesto? -Hijo mío, bien claro á la vista está: tienes puesta una sotana. -Pues i alta usté á la verdad: porque no es una, que es Míreme usted por detrás. Y aquí tiene demostrado que aquel que quiera acertar, de lo que vea, no crea nada más que la mitad. TQMÁS L L C E Í C O r IKu. i (i i K BLANCO CORI,