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hacer constar por lo rara. Otro pueblo enseñaría con tolesoopio las estrellas heráldicas del cardenal Fonseca ó propondría al artista ensayar el jaque del pastor sobre el escudo ajedrezado del Cardenal. Todo es ancho y espacioso en la vieja Cómpluto; la callo Mayor, que corre de extremo á extremo, cubriendo como una beca el pecho de la histórica ciudad estuñiantii; la plaza de la Universidad; las salas incontables del Archivo; la plaza de Cervantes, atrio natural de la iglesia de Santa María; los patios de los cuarteles, del palacio, de la Universidad, donde son tres que uno á otro se suceden como las dos premisas y el ergo de un silogismo escolástico. Semejantes anchuras aún parecen mayores por la escasa altura de los edificios; todo contribuye á aumentar la sensación de vacío sentida al entrar en el pueblo, cuyo aspecto oonvont u a l s e acentúa con los claustros y galerías de los históricos patios y con los pórticos de la plaza y de la callo Mayor, Alcalá, que fué metrópoli iniversitaria, és hoy uno de tantos cantones militares de corte; húsares y soldados de infantería animan la ciudad, mas no la conmueven como el bullicio estudiantil pintado por Quevedo en El gran tacaño, y por Mateo Alemán en El picaro Guzmán de Alfarache; músicos militares con gorras de cuartel tocan en el kiosco de la plaza, amenizando el paseo dominical bajo los soportales, mientras todo el sol cae á plomo sobre el pobre Cervantes, cuya estatua parece contemplar ante sí. las desiertas llanuras manohegas. Dejemos al eterno femenino tejiendo amores en el ir y venir de la juventud que paESTATOA DE D. M 8 F I S T Ó F Í L E S sea á los acorC E a v A N T K S Y SAAVEDRA des de la oharanga, y entremos sucesivamente en los tres edificios que resumen el interés de la ciudad: la Universidad, la Galera, el Archivo. El palacio arzobispal, donde está el Archivo, es una reliquia; la Universidad es u n recuerdo; la única realidad, la única vida está en donde se sufre: en la G- alera. EL K i o s c o DE LA MÚSICA Entramos en la cárcel de mujeres con prevención, creyendo que una impresión horrible seria el castigo de nuestra curiosidad malsana. En pos de una monjita recorrimos salas, galerías y dormitorios, donde vimos apacibles mujeres arreglando altares y cuidando de los niños enfermos; muchas de ellas llevaban al cuello anchos escapularios; ni una voz mal sonante, ni una palabra de protesta, ni una reja, ni el CUARTEL DE LOS HÚSARES REGLUSAS EN El, PATIO DE LA GALERA menor signo de autoridad terrible indicaban que aquel fuera lugar de pena y de expiación. Cuando, siempre detrás de la monjita, llegamos otra vez á la puerta de la calle, creímos de buena fe que nos habíamos equivocado, entrando en u n asilo benéfico en vez de entrar en la Galera. Preguntamos, y la monjita contestó sonriendo: -Si, señores, sí; ésta es la cárcel de mujeres. -Pero, hermana, ¿será posible que esas benditas deDiosseangrandescriminales?