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Enten- ada la mujor do Pacho, éste tuvo tentaciones de suicidarse, pero le quedaba un niño, un niño que aún no andaba, y que era preciso cuidar sin dejar de asistir á la fábrica. E l problema era difícil, pero no imposible de. resol ver. Mediante una cantidad pequeña, se encargaba del cuidado del niño durante el día una vecina. Pero esta cantidad había que sacarla de algún lado, y Pacho, que ya no tenia ropas ni muebles, so vio precisado á disminuir su propia alimentación. Esto parecía imposible, y sin embargo Pacho lo hizo, á pesar del desgaste do fuerzas de su trabaj o, que ora verdaderamente brutaly que se realizaba enuna temperatura absolutamente irresisti ble. Pero, en finj los Morros españoles seguían pasando la frontera, y D. Aquilino continuaba ganando el mismo tanto por ciento que se propaso, aumentado cada mes con el producto de los diversos negocios á que iba dedicando las ganancias. Pacho seatía que sus fuerzas acababan; los arroyos de hierro fundido quo corrían hacia los moldes le parocían ríos de su sangro y de la de sus compañeros, que por allí pasaba hirviendo para condensarse en duros obietos que luego serían útiles á la ciencia, al progreso, á la vida do muchos pueblos. En los tintes rojizos del líquido hirviente veía las gotas de sangre de su pobreoita mujer, muerta cuando más falta le hacía á su hijo, y que había vaciado sus venas también en los hornos de D. Aquilino. Lo que no ib nunca en aquella especie de lava era una sola gota de la sangre del amo, del hombre quo la vendía y se hacía rico con ella. Un día D. Aquilino reunió á los obreros todos para dirigirles un discurso. -Las desdichas de la patria son tan grandes y la situación del país tan mala, quo el ministro de Hacienda va á establecer un impuesto sobre transportes por el ferrocarril. Este es un golpe mortal para la industria; yo no quiero cerrar esta fábrica, que es lo que debía hacer en justicia, y no quiero cerrarla por vosotros, que no tendríais donde comer al día siguiente. La única manera de que estosiga es que rebajéis á la mitad vuestros jornales. Algunos so negaron á aceptar esta rebaja; todos gruñeron un poco, pero la mayoría aceptó para que no se cerrase la fundición. Pacho no dijo uua palabra; se resignó á morir, porque estaba seguro de quo en adelante podría medio alimentar á su hijo, pero él no repondría el desgaste que el rudo trabajo causaba diariamente en sus fuerzas. Pero aquellos ríos do hierro fundido seguían corriendo con sus vivos destollos para convertirse en monedas de oro al volver á las manos de D. Aquilino, sin que el derecho de exportación, el aumento de la contribución territorial y el impuesto sobre transportes le merniaran una sola piez ¡i. Pacho entretanto perdía sus fuerzas y el humor; triste y macilento, no era ya el obrero quo asombraba por su actividad y su destreza. Había oído decir un día á D. Aquilino después de cobrar el j ornal: Ese pobre Pacho ya no sirve nada y temía que el mejor día al cobrar le pusieran en la calle. La angustia y la miseria le llevaron pronto al hospital, al hospital fundado por D Aquilino en el pueblo. El edificio lo había cedido el Municipio, que además daba una subvención para su entretcninuento. Los operarios de la fundición dejaban una pequeña cantidad para esta be z. jiéficainstitupión; demodoqueD. Aquilino, aparente fundador de aque fci Ha casa de misericordia, teñí a lamenor parteen los gastos que originaba A los pocos días de enfermedad, el médico declaró que Pacho so moría y que todo remedio era inútil. D. Aquilino, quo todas las somanas visitaba el hospital para prodigar palabras de consuelo á los ontVrmos, llegó el día antes de morir Pacho lunto á su cama y le dijo: -Tu hijo vendrá de aprendiz á mi fábrica. ¡Pobreoillo! contestó el moribundo. -Eso te alegrará. -No. -Quién sabe lo que llegará á ser. -Yo lo sé Como no tiene fortuna, será como yo Primer- j contribuyente. -El mal le hace delirar, dijo D. Aquilino; y siguió su visita. La hermana de la caridad se acercó á Pacho y le dijo con voz dulce: -Si Dios le llama á su seno, pida, pida por el fundador de esa santa casa; por él, que le ha dado de comer durante tantos años. Y Pacho, haciendo horribles gestos, respondía: -i Quítese, kerm. aiia, que se vá á abrasar! Quo viene el hierro fundido ardiendo con mi sangro la do mi mujer y la de mi hijo. T hombres como D. Aquilino es lo que hace falta en este país, según la frase sacramental de cuantos visitan la fundición. EMILIO SÁNCHEZ PASTOR T 8O J 08 DK KSTEVAN