Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL PRIMER CONTRIBUYENTE CUENTO ECONÓMICO D. Aquilino era un hombre emprendedor como pocos. Fué á Cuba de vista de Aduanas, robó cuanto pudo y regresó á España con una fortuna que se propuso dedicar á las más lucrativas empresas. En sus primeros tiempos fué aprendiz de herrero, j al volver á su aldea de Galicia- pensó que una fábrica de hierro fundido, -aprovechando un salto de agua que había cerca de sus propiedades, seria un bonito negocio. La codicia, que es la madre de la actividad, le dio energías para que la fábrica surgiese como por encanto en aquellos olvidados valles. Al año la aldea era otra. ¡Qué hermosa, fundición la de D. Aquilino! Hombres así es lo que esta tierra necesita, decían los visitantes de la fábrica; y las viejas lanzaban continuas bendiciones sobre aquel santo regenerador de la comarca. Entre los obreros había uno llamado Pacho, que se distinguía por su celo y destreza en el oficio. Ganaba cuatro pesetas diarias, lo cual en aquella aldea era una fortuna antes de establecerse la fundición. Después las cuatro pesetas equivalían al jornal de tres reales que antes se ganaba en el oarapo, porque los artículos de primera necesidad habían subido, el alquiler de las casas costaba doble y no se podía vestir con Ja baratura de otros tiempos. Pero Pacho estaba contento porque el jornal le alcanzaba para él y para su mujer. El cielo le envió un hijo, sin panecillo debajo del brazo como suele suceder, aunque un dicho vulgar afirme lo contrario, y fué recibido en la casa con la alegría que los pobres reciben á los ángeles. Pero, hubo qué reducir algunos, gastos, porque la mujer de Pacho tenía que alimentarse algo más nutritivamente de lo que hasta allí lo había hecho. Se disminuyó la compra de i- opas y quedó nivelado el presupuesto. Llegó entonces al Ministerio de Hacienda un señor á quien parecía mal que los objetos do hierro fundido tuvieran mucha aceptación en el extranjero, y se le ocurrió establecer un impuesto de exportación. D. Aquilino cogió el cielo con las manes primero, y cuando la cosa no tuvo remedio, cogió, ellápiz y se puso á hacer cuentas. 1 D i s m i n u i r TTii fx í 5- nfi, Ticín RÍ r l i i n TÍÍ rtnr T ieilSO: s u b i r l a mercan- I 1 I! litado. Y entonces cogió- do con la defraudación esto sobre sus operarios í verdad que tenía la lías ó morirse de hambre con su mujer y su h jo. Optó por lo primero, aceptó, y disminuyó la alimentación extraordinaria de su esposa, que empezó á resentirse gravemente en su salud por esta causa. Vino otro ministro de Hao! cn la, que por haber contraído no sé qué compromisos en la opoeición, anunció que habíaque reforzar el presupuesto de ingresos, y aumentó ún tanto por ciento la contribución sobre fincas urbanas. D. Aquilino era el dueño de la casa donde Pacho vivía en el pueblo, y como hombro entendido en negocios, descargó sobre sus arrendatarios el nuevo tributo. Pacho derramó lágrimas cuando le anunciaron la subida del cuarto: aquello, era un golpe terrible para sus escasos recursos. Y no fué lo peor la subida del cuarto; lo mismo que, D. Aquilino hicieron otros comerciantes de los llamados vivos en el lenguaje moderno: el tendero de comestibles, el carnicero, el zapatero, todos estuvieron conformes en desp. irramar el nuevo impuesto sobre sus consumidores. D. Aquilino seguía ganando lo mismo y recibiendo las- alabanzas de todos los visitantes de la fundición. La falta de alimentación produjo en casa de Pacho la primera víctima, que fué su mujer. El médico le iiiza, comprar muchas modicinüs antes, v asi quedó viudo y arruinado. Es verdad que las medicinas hicieron pobo efecto, porque con los nuevos impuestos, el boticario, que era tan vivo Como D. Aquilino, acordó falsificar los productos de su farmacia para no ganar menos y no subir e l género. Esto último hubiera tenido el riesgo do que sus- convecinos fueran á otro pueblo en busca do los medicamentos.