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-Vamos, cotorrita- -exclamaba doña Paz, -á ver si repitos esto: Rica, ¿quién te quiero? Cliooolatito ú la cotorra No quiero ir á la escuela ct, etc. ¡Pero que si quieres! líi escuela, ni chocolate, ni nada. Oía el bicho á su ama como quien oye llover, y la estancia permanecía tan en silencio como si en vez de cotorra hubieran puesto en la jaula un conejo de Indias ó un pepino de Lsganés. Presa ya dona Paz de una desesperación sin límites, consultó el caso con cierto famoso albéitar que la había asistido en su último alumbramiento; pero el albéitar no pudo dar en el clavo por más que hizo. ¡Y ouidadi) que la recetó cosas! Lavativas de limón helado, sinapismos en la pata izquierda, enjundia de berros, y hasta ta inyecciones de sxiero de concejal. ¡Todo fué inútil, desgraciadamente! Pasó un mes, pasó un año, y pasó doña Paz la pena más obscura que se puede pasar: la pena negra. ¡Pobre señora! Seguía tirando de la vida sin oir á la cotorra. En cambio le oía barbarizar do un modo terrible al vecino de enfrente, cómico sin contrata y sin educación, que se pasaba el día jurando y maldiciendo á grito pelado. Si el pájaro hubiera sido parlanchín como todos los demás de su casta, no hubiese vacilado doña Paz en apartarle del balcón, ó por lo menos en ponerle en los oídos unos modestos algodones. Pero la torpeza del bicho alejaba de su dueña todo temor. Cierta noche organizó doña Paz en su domicilio una soberbia cachupinada con motivo de haber estrenado deatadura y de haberse casado en Loroa el cuñado de una paisana suya. Hallábase rodeada de amigos, y una do las señoras presentes la dijo en tono jovial mayor: ¡A vpr si la cotorrita me hace caso á mí! ¡Sí, sí, caso á usted! -dijo doña Paz. -Ande, ande, y haga la prueba. -Vamos, cotorrita- -añadió la amiga, -dime alguna cosa. Oir esto ol animalito y lanzar la más espantosa de Jas desvergtlenzas, tomada del natural, ó sea de la casa de enfrente, todo fué uno. El asombro que esto produjo fué colosal. Las señoritas, muertas de rubor, clavaron la vista en las flores cor- diales de la alfombra; los bombres soltaron el trapo á reír, y la señora de la casa, más colorada que un pimiento morrongo, llena de espanto y de rabia, se encaró con el bicho y le preguntó: ¿Qiiiéa la ha enseñado á usted eso, gran bribona? -El cómico de enfrente, -respondió la cotorra. Sn debut había sido tardío, pero seguro. Doña Paz se vio impulsada al crimen. Al día siguiente de experimentar tan amarga sorpresa, mandó al portero que diese la puntilla á la cotorra y la rellenase de paja y la pusiese en una rinconera. Así se hizo, y hay quien asegura que desde entonces el pobre pajarraco no ha vuelto á decir esta boca es mía. JUAN PÉREZ ZUNIGA OlBIHOS DI X A U D A B C