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Nada, era imposible hacer carrera del animalito. ¡Cuántos esfuerzos inútiles para que hablase! ¡Cómo quedó desvanecida la ilusión de doña Paz, de ella, que habia encargado tanto á su primo que al volver de América la trajese una cotorra parlanchína! La llegada de aquel animal (no me refiero al primo, sino á la cotorra) fué un acontecimiento. Loca de alegría recibió la pobre señora el deseado obsequio, inaugurando al efecto una jaula preciosa, construida por uno de nuestros farmacéuticos más acreditados. La entrada de la cotorra en su habitación de alambres fué saludada por los vecinos, por los amigos, y aun por ios amigos de los vecinos de doña Paz, con vítores y burras, y hasta con himnos, que las criadas acompañaban haciendo sonar latas, castañuelas y almireces. Fué aquel un acto verdaderamente conmovedor. Doña Paz derramó las mejores lágrimas de su repertorio, no sólo porque veía realizados sus ensueños, sino porque al meter un dedo entre los alambres de la jaula para acariciar al verde animal, fué víctima de un expresivo picotazo, que la pohre señora sufrió con resignación polavíejista. Gomo era natural, todos los circunstantes comenzaron á abroncar, á la cotorra, exclamando: ¡Que hable! ¡que hable! Pero la picara no hacía más que lanzar ctiillidos estridentes y ahrir el corvo pico poseída de malísima intención. Doña Paz se constituyó en defensora del bicho, y no hacía miás que decir á sus impacientes amigos: -Señores, ya habl ará. Viene cansada del viaje Nos desconoce Será corta de genio Tendrá más vergüenza que ustedes En fin, se vieron todos defraudados en su deseo, y ahuecaron el ala, cosa que tamhién hubiera hecho muy á gusto la prisionera, en voz de hablar por los codos, que era lo que en vano la exigían los amigos de doña Paz, sin considerar que las cotorras no tienen codos por regla general. No tardó en amoscarle á doña Paz el tal silencio, porque lo cierto era que no hahia medio de hacer hablar al animalucho. -Eso no es cotorra- -la decía un guasón; -eso es una máquina Sínger. ¿Por qué? -Por lo silenciosa. -Este bicho ha nacido sin duda en el Callao- -añadía otro de los presentes. Otros decían á doña Paz: Señora, á usted la han engañado: eso no es cotorra, es un galápago con plumas. Y otros, en fin, la aconsejaban que después de someter á la cotorra á un juicio sUmarísimo, la fusilase para disecarla y ponerla en algún sombi ero como adorno de moda. Todo esto amargaba el corazón de doña Paz y la iba minando la existencia, pues si unas veces aguantaba con calma la decepción, otras se desesperaba y mordía á un sobrino suyo de Castroj ei iz. ¡Con cuánta solicitud y con qué inconcebible paciencia se dedicaba muchos días á practicar junto á la jaula todo género de ensayos y pruebas!