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ganátioas de príncipes de sangre real. En España no han faltado bailarinas q u e se han encumbrado haciendo piruetas, adquiriendo por sus enlaces, hechos como Dios manda y como el Concilio de Trento dispuso, categoría y rango do grandes de España, y aun de algo más alto en la jerarquía social. El baile español puro, esto es, el género andaluz con sus donaires, y la jota con sus a r r o g a n c i a s y desplantes, le practicaron la Peti- a C á m a r a y la Ruiz, y sobre todo la Nena, la famosa doña Manolita, que fué el ídolo del público y tuvo muchos adoradores, de los cuales aún viven algunos, a u n q u e peinando canas y luciendo calvas. Doña Manolita, después de una época de gran esplendor, se marchó á la Habana, y allí se retiró de la escena, desapareciendo en las s o m b r a s de la vida privada. Después de estas bailarinas del género clásico, vinieron las bailaoras al estilo flamenco, que de exageración en exageración han llegado á un amaneramiento q u e ha convertido el baile español en la oriental danza del vientre. La bata de percal plancha y el pañuelo de Manila atado al talle ha sido el traje característico de estas hailaoras, de las que han aprendido la Otero y la Guerrero, modificando el traje con los vestidos de raso ricamente b o r d a d o s y las enaguas de color guarnecidas de encaje y recargadas do. joyas. El arto coreográfico en toda su pureza. se ha refugiado en los cuerpos de- baile de las compañías de ópera, donde tiene como á su genuína representante á la primera bailarina de París, ü o s i t a Mauri, paisana de Prim, de Eortuny y del doctor Mata, como n a c i d a en Keus. Nuestra célebre compatriota ha hecho perder al tipo de la bailarina su carácter aventurero, dándole el de una artista do costumbres arregladas y modestas en cuanto sale de la escena, para ocupar su posición de burguesa metódica y e c o n ó m i c a que emple sus ahorros en adquirir tierras ó establecer industrias como el hotel para bañistas que abrió en Salías do Béam la estrella coreográfica del teatro de la ópera de París. En el cuerpo de baile del teatro Real han vegetado algunas de las que fueron deidades y sílfidos en los buenos tiempos del circo de la plaza del Rey, y en los bailables de Fausto, de Favorita, de Hugonotes, del Profeta y de Roberto las hemos v i s t o cargadas de años, pero ligeras todavía de piernas. Luis París ha tenido que conceder el retiro á algunas que parecían inmortales, para sustituirlas por otras miás jóvenes que figuraron este invierno en la fantástica cabalgata de la Walkyria. Pero hoy la bailarina clásica, la que podríamos llamar del antiguo régimen, la que fué en España la bolera que llamó á los corazones con los repiquetees de sus castañuelas, y en Europa la sílfide envuelta en nubes de gasas, ha desaparecido casi por completo para dejar su puesto a l a bailaora, que se cimbrea voluptuosa, haciendo brillar con espléndidos destellos las ricas joyas con que de los pies á la cabeza se engalana. KASABAL OKLAS DE G A S C Ó N