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Los éxitos que la bella Guerrero, la bailarina española rival de la Otero, obtuvo en Muño- Rail, han hecho recordar los triunfos de otras beldades coreográficas que entusiasmaron á nuestros padres y aun á nuestros respetables abuelos. La de la bailarina es una figura muy simpática en España, y en este siglo especialmente va íntimamente unida su historia á la del teatro, porque no ha habido durante mucho tiempo representación teatral completa sin intermedio ó final de baile. Ni aun en los tiempos de mayor esplendor del romanticismo se prescindió de las bailarinas en el teatro, y cuando Patricio de la Escosura, al frente dé la j u n t a de que formaban parte Gil de Zarate, Hartzenbusoh Gorostiza y otros, formó para el teatro del Príncipe una de las mejores compañías que han representado obras en España, no olvidó á las boleras, que es el nombre popular de las bailarinas en España. Formaban parte de aquella compañía dramática Bárbara y Teodora Lamadrid, Matilde Diez, Catalina Bravo y la Fabiani. Trabajaban con ellas García Luna, Carlos Latorre, Julián Romea y Antonio Guzmán, y representaban de un modo maravilloso las obras más notables del romanticismo. Pues ni con compañía tan excelente ni con obras tan aplaudidas se podía prescindir de las boleras porqtio el buen. burgués de Madrid se hubiera creído defraudado si al ir al teatro no presenciaba un poquito de bailo. Y por esto fué contratada para el tesit ro del Príncipe Pepita Díaz, la bolera más famosa de aquel tiempo; la que con sus piruetas y su gracia levantó de cascos á más de uno de los que figuraron entre los socios fundadores del Casino. Era, según cuentan, una buena moza en toda la extensión de la palabra, que no necesitaba armaduras ni rellenos debajo del mallo de seda, y qutí vestía con sin igual donosura el hueco y corto tonelete, la jerezana chaquetilla de terciopelo adornada con alamares y caireles, y la moña de seda con muchos colgantes prendidos del pelo. Los repiqueteos de sus castañuelas llegaban al alma de los asiduos concurrentes al teatro del Príncipe y en Pepita Díaz tuvieron una rival forHiidable las beldades de aquel tiempo. De Lola Montes se ha hablado ya. mu. cho, y son célebres las aventuras que la llevaron nada menos que á las gradas del trono de Baviera, lo qne no la impidió morir de miseria en Londres algunos años después de sus éxitos. Pero ésta, como la Guy Stephar y la Fuoco, que apasionaron- al público de Madrid en el teatro del Circo, dividido en bandos que capitaneaban el general Narváéz y D. José Salamanca, pueden ser consideradas como bailarinas extranjeras del género de la famosa Camargo, y de las no menos célebres Asselin, Heinel y Peslin que hicieron con sus piruetas competencia á los gorgoí- itos de Sofía Arnould y de Mme. Lagarre. A este género pertenecieron también Paulina Leroux, la Montessu, la Noblet, la Legallois, y la que descolló sobre todas, la célebre y famosa María Taglioni, cantada por los poetas do su tiempo como un modelo de gracia, de poesía y de pu dor. Muchas hicieron bodas brillantísimas, llegando algunas á figurar en el Almanaque Gotha como esposas mor-