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Pero esto desde lejos, desde la montaña pequeña, no se veía; lo que se veía era que era más alta y que las águilas trazaban sobre sjis cúspides círculos que en el cielo se proyectaban á modo de coronas triunfales, ó al menos aquellos jiros, coronas triunfales parecían mirados con los ojos de la envidia. Y el caso es que las ñores encarnadas y azules de la montaña pequeña se iban volviendo amarillas. Cada vez la montaña pequeña sintió más y más envidia. Sus fuegos subterráneos ahondaron nías y más y llegaron al centro de la tierra y le pidieron al genio de los volcanes que le ayudase á subir. Y el genio la empujó hacia arriba. Empezó á subir, decimos, la montaña pequeña. Pero esto no le bastaba: su envidia era cada vez mayor. Porque, según ella decía ó pensaba á su manera, todavía la montaña grande la humillaba. Al salir el sol, antes salía para la otra montaña que para ella. Ya doraba los picachos de aquélla, cuando ésta se veía envuelta todavía en los velos de la noche. La sombra de la montaña alta se proyectaba hasta muy entrado el día en la montaña baja, y esto era una humillación intolerable. Y quiso subir más: y subió más: y fué más alta que la montaña alta. Pero ¡qué esfuerzos, qué dolores le costó subir tanto! ¡Qué desgarramientos en sus laderas! ¡Qué desquiciamiento en sus valles! ¡Qué despedazarse sus bosques! ¡Qué empinarse sus ríos, hasta convertirse en torrentes! El agua ya no corría mansa; corría precipitada, y la montaña se iba resecando. Sus flores, que ya se habían piiesto amarillas, se secaban, y las mariposas huían de ellas. Los nidos caían de los árboles; huían los pájaros, y. con ellos huía el amor. Más que píos am. orosos, oíanse graznidos. Iba engrandeciéndose la montaña, pero era cada vez más agreste; y á medida que iba subiendo por el espacio, la vida iba cayendo á los abismos qjie formaban las enormes grietas de los resquebrajados flancos. De lejos, sí parecía- más grandiosa; pero de cerca era más triste; porque cada valle era un torrente, y cada ladera un despeñadero. Las águilas, sí, empezaban á posai- se sobre sus cumbres; pero en cambio los pájaros huían. La envidia aún no estaba satisfecha, porque la envidia no se sacia nunca. La montaña pequeña era ya la más grande; ya- dominaba á la otra; pero no la dominaba bastante. Para la envidia, la ascensión no tiene límite; y lá montaña envidiosa, ya no lá podemos llamar pequeña, porque era enorme, quiso subir aún más, y subió más: fué colosal, gigantesca; pasó por enoim. a de las nubes; ereyérase que iba á escalar el cielo. ¡Qué no querrá escalar la envidia, si da en ser ambiciosa! Pero fué más feliz que cuando era pequeña? No lo fué. Sus cúspides ya no eran risueñas, ni estaban envueltas en mantos de verdura. Sus cúspides eran agujas de hielo: sus flancos estaban cubiertos de nieve. Al dulce calor de la vida había sucedido el frío eterno de la muerte. Ya no tenía valles risueños: eran quebradas ásperas y pendientes en que la vegetación no podía sostenerse. Eran como arañazos inmensos hechos por las garras de un monstruo apocalíptico; y en verdad que eran zarpazos de la envidia. Ni arroyuelos, ni cascadas, ni ríos: todo era hielo. Y como el friolera tan grande, ni T el sol podía derretir las nieves, y toda la base de la montaña estaba seca y la vegeta -j cíón era imposible. Arriba, hielo; abajo, sequedad; asperezas todo alrededor. Muertas las flores, huyeron las mariposas y huyeron las abejas: en la montaña ya no había miel. Muertos los árboles, no tuvieron los pájaros donde colgar- iis j nidos; y huyeron los pájaros: ya no hubo trinos. Congelada el agua, ni por las cañadas ni por los valles oorri Ti n 1 cintas de plata: ya no hubo espumas. Heladas las selvas, ya no hubo sombras. Ni las águilas quisieron subir á las cúspides. ¿Para qué habían de subir? ¿Para morir de frío? De siuerte que aquel coloso era un cadáver colosal. Y todavía en el interior, en las entrañas de la gigantesca montaña ardía un fuego sin llama, cada vez más intenso y j más devorador: el fuego de la envidia, que en si encuentra i sú propio alimento, sin que se consuma jamás. Y ahora la montaña grande echaba d menos y envidiaba todo lo que había perdido: valles, selvas, sombras, frescura, corrientes cristalinas, arroyuelos espumosos, flores, mariposas, nidos, pájaros, trinos y amores y dulces efluvios de calor. Pero ya esto no lo pudo tener nunca. Todo no se puede ser á la vez. En las alturas nada hace sombra; los horizontes son inmensos; pero hace mucho frío. No los más poderosos son los más felices. Josíi ECHEGAEAY De la Eeal Academia Española DIBUJOS DE KEGIDOK