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yj. i v j y v JX i- J JL Era Tin país sin nombre y sin posieión geográfica oonooida. Uno de esospaíses como los que forjan los poetas, los soñadores ó los que se dedican á fabricar cuentos fantásticos. Tina llanura sin límites; y en el centro de la llanura dos montañas, una más alta que la otra: bastante más alta, sin llegar á ser colosal. La montaña más baja era un encanto; y á no estar devorada en sus entrañas por pasiones muy parecidas á las que roen las entrañas del hombre, bubiera podido ser muy feliz, porque era un verdadero paraíso. De sus cúspides bajaban multitud de valles alegres y pintorescos que, como ríos de verdura, venían á desembocar en la extensa planicie. Tenia arroyos cristalinos y lagos azulados, y cascadas espumantes, y bosques en que la sombra y la luz se mezclaban con alegres é imprevistos contrastes. Tenía muchas flores y muchos pájaros. De suerte que con el susurro de los arroyuelos y el canto de los pájaros, parecía que todos aquellos valles y la naontaña entera se estaban constantemente riendo, y que las flores con sus colores vivos eran, las encarnadas labios que se abren á la risa ó al canto; las azules, ojos innumerables que regocijados niiran al cielo. La montaña era una perpetua alegría deshaciéndose en hoj as verdes, en bl ancas espumas, en trinos y en colores. La alegría danzando en las ramas, jugando al escondite entre las sombras y las luces de las selvas, subiendo á las copas do los árboles y á la cima de la montaña para mirar á lo infinito. Rumores y brisas estremecían de regocijo las flores, el follaje y las aguas. La montaña, debía ser muy feliz. Toda ella rebosaba amor. En todos los árboles había nidos. Sobre todas las flores revoloteaban mariposas, y en los mismos cálices de las flores el amor hacía nuevos nidos de color. La vida palpitaba en todas partes, y m i e n t r a s el agua corría alegre y espumosa, por los troncos de los árboles circulaba lá savia como torrente misterioso de vida. No había átomo ni en las rocas, ni en la tierra, ni en las plantas, ni en los ríos, ni en la atmósfera, que no palpitase difundiendo suavísimo calor. La. montaña debía seivmuy feliz, repetimos, y aparentemente lo era. Ni un quejido, ni un sacudimiento de dolor, ni una sombra siniestra, ni un reptil venenoso, ni una planta de esas ouj a sombra mata. Pero esto era en la apariencia. En el centro de la montaña había un fuego ocultó, maldito, roedor; fuego sin llama, fuego sin luz: el fuego de la envidia. La montaña pequeña estaba envidiosa de la grande; y mientras se. reía en la superficie con las espumas de sus arroyuelos y el trinar de sus pájaros, se retorcía de envidia bajo tierra. ¿Por qué estaba envidiosa de la montaña alta? Por eso; porque era más alta que ella. No era más hermosa; no era m á s alegre; no era más feliz; pero era más alta. Tenía selvas muy obscuras, tan obscuras que daban miedo. Tenía ríos muy grandes; pero que á veces se desbordaban y todo lo destruían. Acaso un águila se posaba en su cumbre; pero en cambio tenía menos pájaros y menos mariposas que la montaña pequeña: y por entre la hierba de sus laderas y por entre la hojarasca de sus selvas solían deslizarse reptiles.