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-Vamos, hija, á ti te han jeohizao, á ti te han cogió con liria y con espartos. -Por los sacáis de su cara que no me dé usté más tormento, que tengo ya la cabeza loca; yo por usté, por quitarla á usté de oorreores tan estrechos, le daría prensa al corazón, ajogaría este querer que tengo en lo más jondo del alma; ¿pero y si á los tres días de tirar á la calle lo que más estimo se pica el embraque D. Luis, qué va á ser de nosotras? Los nuestros nos pondrán la ceniza en la frente; el probetico de José me dará mi mereció, me escupirá en la cara, y yo me tendré que dir á Gucdmeína pa que me lleve la riá cuando venga. ¿Es eso lo que usté quiée pa mí? ¿es eso lo que usté á mí me quiere? ¡Yo pa ti qué he de querer sino gloria santa! Yo veo las cosas por otros cristales que tú; yo no he pensao, al aconsejarte eso, en naide más que en ti; yo el día m. enos pensao doy las boqueas, y antes de darlas yo quería ponerte en el sitio que tú te mereces. Ahora bien: tú orees que ese es un mal oamiino; tú quiées, mejor que caoba con D. Luis, pinsapo con tu José. Pos allá tú, que yo á ti no te quiebro el gusto; y cuando aluego venga, lo dices que le dé espuela al jaco, que por no verte yo á ti la cara disgusta, soy capaz de pasarme al moro. Y al decir esto la vieja arrimó, su rugoso semblante al de Lola, que la besó en la frente, exclamando: -i Por algo dicen por ahí que es usté más güeña que la barsamina! Cuando la vieja se hubo acostado, sentóse Lola en el poyo de la ventana; por el ontreabierto postigo, desde el cual veíase toda la calle, penetraba la luz de la luna, abrillantando con sus destellos la hermosura de Lola, sus ojos de antílope, su tez obscura, sus labios rojos, sus dientes nítidos, su perfil oval, el gracioso busto envuelto en un pañuelo de crespón encarnado, la negra cinta de felpa que ceñía su garganta, y el percal rameado de su vestido. Cuando más abstraída estaba Dolores, una figura se destacó en la esquina de la calle: era la de Joseíto, que avanzaba no guardando del todo el equilibrio, luciendo, como siempre, la bien poco flamante chaqueta corta, pero airoso, juvenil, con los hermosísimos ojos entristecidos y contraído el gracioso y achai- ranado semblante. Joseíto habíase enterado que aquella mañana había hablado D. Luis con la Glanellina, habíaselo dicho Narizotas, su mejor amigo: cuando éste se lo dijo sintió frío, le dolieron las entrañas, y- -Voy á enterarme de lo que quería ese señorito, no vaya á ser cosa urgente, murmuró con acento Heno de amenazas alejándose de su amigo. -Que se te quite eso de la cabeza, chavó, díjole iVamoíos sujetándolo por un brazo; los hombres tién más tocAa y más injundía y más sótano; ¡no f artaba más! Cuando D. Luis so ha arrimao á Lola, tendrá premiso; asín es que amor con amor se paga, y te dejas tú de cosas esaborías y te vienes conmigo, que hoy he jecho un trato y mos vamos á emborrachar, que no tóos los días se jpitíe un penco con utiliá, ni tóoslosdías puée uno jartarse de solera. Y haciendo de tripas corazón se fué Joseíto con Narizotas, y eian las once de la noche cuando, después df dejar acomodado lo mejor posible para que durmiese el hartazgo del solera á su amigo en el hondilón de Roque, se dirigió, si no á obscuras del todo como su compañero, algo más que entre dos luces, hacia casa de Lola. Joseíto, con el sombrero atrás, los grandes, negros y rizados tufos sobre las sienes, permaneció algunos instantes silencioso, recostado contra la pared; no podía él irse sin hablar con la Clavellina; dolíale mucho la espina que le habían clavado en el corazón, y era pi- eciso que ella se la sacara. Recordó, pensando en aquéllo, las mejores armas con que hubo de conquistar un tiempo aquella graciosísima fortaleza, y echando la cabeza atrás, cantó con voz dulcísima, quejumbrosa, llena de acariciadoras armonías: Dicen que me has orviáo el que tu querer me quite, por otro, gitana mía; pena tiene do la vía. Aquella voz rítmica, ardiente y llena de ternuras y lágrimas; aquella copla, que era un lamento y una terrible sentencia, hizo explosión en el alma de Dolores, que abriendo de par en par la ventana y echándose de bruces sobre el alféizar, exclamó con acento trémulo: ¿Qué jaces, Jocelillo? -Cantar pa no morirme de pena con tus partiítas serranas. -Ven acá, lila, ydimeloque tiene el niño que y o más quiero. Y José se acercó lentamente á la ventana, llegó á ella, se afianzó con ambas manos á los hierros, y mirando con ojos húmedos y brillantes y tristísimos á Lola, exclamó con voz que era un arrullo: -Me habían dicho que me ibas á dejar por probé y por desgraciao y por m. al vestio. Y según nos contaron, cuando aquella noche D. Luis llegó á la esquina de la calle de los Negros y vio á José al pie de la ventana de Lola la Clavellina, se puso pálido, frunció la frente, y tras algunos instantes de indecisión prosiguió su camino, murmurando con voz sorda y apenada: -Mejor, más vale así; ha sido la vez única en que: mc he acercado á una mujer con el corazón en la mano. iRirjos Dic HUERTAS AKTUKO R E Y E S