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EN SU MISMO CENTTENARIO Trabajo le costó á D. Diego do Silva Yelázquez reunií- sus huesos, los cuales, merced á derribos de iglesias, traslaciones de sepulturas y mondas de cementerios, estaban el ano aquí y el otro allá, sin que ni el mismo interesado pudiera decir aquí tengo un fémur y allá una tibia. Consiguió al fin recobrar casi todo su esqueleto, y tornando por divina gracia á la existencia á punto desque el Sr. Marqués de Pidal, ministro de Fomento in sacris, daba la última mano al gran programa de festejos para solemnizar el tercer centenario del nacimiento de nuestro pintor, ocurriósele á éste visitar en Toledo las obras maestras del insigne Greco, obras j) or las cuales sintió en su primera vida tan ferviente admiración, que al despertar á la segunda le atrajeron como el mejor y más vivo recuerdo de su pasada existencia. Permaneció en Toledo tres días, y el cuarto por la mañana subió al tren de Madrid y vínose el gran pintor sevillano á la corte, pensando por el camino: Yo ya hice lo que debía por el Greco; veamos lo que los españoles hacen ahora por mí Era ese día el 6 de Junio del presente mes, día primero de los festejos velazqueños, según le advirtió al señor marqués de Pidal el acólito encargado de despertarle en latín y servirle el musa musce (vulgarmente chocolate) Velázquez se dirigió desde la estación del Mediodía al Museo de Pinturas, sin quitarse siquiera el polvo del camino, el cual le proporcionaba cierto aspecto de pintor impresionista que hubiera hecho reir de la mejor gana al Greco si éste no se hubiese quedado en la eternidad, decidido á no volver á un mundo en el cual le tuvieron y le acosaron por loco. Entró el maravilloso autor de Las hilanderas en el Museo, y sabiendo que aquel día se inauguraba su sala, la sala de Velázquez, preguntó á uno de los porteros que hacia dónde se hallaba aquella sala. Pero el portero, en vez de marcarle itinerario alguno, le soltó á boca de jarro: v; Trae usted invitación? ¿Invitación para ver mis propias obras? exclamó Velázquez. Usted ignora sin d u l a que yo soy D. Diego de Silva Velázquez, caballero de Santiago, aposentador del rey D. Felipe, retratista de sus Meninas- ¡Aquí no hay más Velázquez, ni más Silva, ni más Meninas que el ministro de Fomento! O me muestra usted su invitación para entrar en esa sala, ó no pasa de aquí. Suplicó, instó, argüyó el bueno de D Diego, y el portero, harto do ruegos y de súplicas, le dijo: Mire usted, señor, la sala de Velázquez está llena de personas que han traído su correspondiente invitación: ministros, autoridades, académicos, toda gente gorda; yo no tengo inconveniente en entrar diciendo que aquí hay uno que se intitula Velázquez y que quiere pasar á ver sus cuadros. Si los invita os le conocen á usted como tal Velázquez, entrará usted, y si no, no Hizo el portero lo que ofrecía; salieron curiosamente sois docenas de invitados á mirar á Velázquez, ¡y no le conocía ninguno! Por contera, el ministro de Fomento llegó en aquella oportunidad, y enterado de lo que ocurría dijo solemnemente: ¡que lo echen! y uno de sus acompañantes añadió: ¡y si se resiste, que le impongan seis años de latín! Salió á escapa el buen D. Diego del Museo de Pinturas, y sudoroso y jadeante sentóse en un banco del Prado Dos granujillas, dos golfos, se sentaron al corto tiempo cerca de él. Uno de éstos dijo: ¡Contra, hoy no me muevo de aquí. Inglés, ni aunque me tiren de las patas! ¿Pues qué pasa? preguntó el Inglés. -Que esta noche van á sacar santos en aquella casa de enfrente. ¿Como en el Circo de Price, con una luz y una sábana? ¡Lo mismo que en el Circo de Price! -Pues tampoco me muevo yo de aquí, pensó Velázquez, como no me vuelva á echar el ministro de Fomento. Cruzó las piernas (que afortunadamente nO eran las de su estatua) y esperó. Cerró la noche, llenóse de gente el Prado y los paseos próximos al Museo de Pinturas, y comenzaron á aparecer en el vestíbulo de éste las proyecciones do los cuadros de Velázquez. D. Diego los contemplaba con cierto paternal entusiasmo, pero los golfos decían á cada mutación: ¡Vale mucho más lo que hacen en el Circo de Price! Lo mismo exactamente pensaban todos los espectadores; tanto, que entre la vista de Las hilanderas y a. de Los borrachos, hubo algunos de éstos s n duda que gritaron: ¡Que saquen la corrida de toros con Mazzantini! Al ilustre D. Diego se lo llevaban los mismísimos demonios. Pero fué lo peor que al retirarse hacia la fonda, malhumorado y tristón, oyó decir á dos señorones que iban delante de él: -No dibujaba mal ese Velázquez... ¡pero donde está la fotografía instantánea! El otro respondió: -Ciertamente, Sr. Ministro. Y ahora, ilustre procer y querido marqués, pensemos en el centenario del gran Orbaneja. ¡Aquél sabía latín! Velázquez soltó sus huesos y se descentenar izó. GiNÉs DE PASA MONTE DIBUJOS DE. BLANCO CORIS