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i 4. y- J Í- t- í ít íJ- t- i) El presumido duque de Lécera se propuso que el mismo pincel que retrató al de Benavente y al conde- duque de Olivares copiase ía gallarda figura del más liinchado caballero de la corte de Felipe IV. Logró el duque su propósito, mas cuando el piíiior le mostró la obra terminada, iuró y perjuró el caballero que aquel no era su rostro, ni aquella su actitud arrogante, ni aquellos sus tiesos bigotes, que eran perdición de las damas y sudor de los barberos. Pasó el pleito á más señores, y el duque, oculto en el estudio, pudo observar que sus amigos del rentideio le reconocían uno tras otro. Está hablando, exclamaban: está diciendo sandeces. í abiaba el duque viendo perdida la apuesta y encima su reputación, é hizo que le llevaran á su lebrel, en cuyo silencio tenía más confianza. ¡Llamadle! dijo Velázqui- z. Y al oir el silbido del amo, creyendo que del propio lienzo salía, lanzóse el perro con tal ímpetu, que acabó con el cua iro y con esta historia, muy referida y comentada después en las gradas de San Felipe.