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HBH j P BggBffwBBB B S B H SM Í P DON JUAN DE AUSTBIA mado D. Juan de Austria, y no queda rastro de otros dos retratos de truhanes: Juan de Cárdenas y Calabacillas, cuyas efigies, debidas también al pincel de Velázquez, figuraron en la ooloooión de enanos, bufones y hombres de placer perteneciente al marqués de Leganés, coetáneo del gran pintor. Numerosa debió de ser l.i but onería en el palacio de Felipe IV, poi- que en los Avisos do Jerónimo de Bar r i o n u e y o que alcanzan precisamente los ú l t i m o s años de la vida de nuestro pintor, se t- itan con í r, ses y ocurrencias, no mu ingeniosas que digamos, otros bufwnes, tales como MamieliUo de Gante y Manuel Gómez quizás el mismo) y hasta una bufona, Catalina del Viso, que iiaoíá, las delicias de la reina. Entinos ó t- -según dice que les llamaban los flamencos, -pintó yari S ol autor de Las Meninas, entro oilos- El í rimo, D. Antonio el Inglés y D. Se- de Morra, inmortalizados por su pincel, y compañeros en las antecámaras de Palacio de otros que no alcanzaron tal honor, llamados Francisco Moreno, Francisco el Negro, Soplillo, Lezcano, etc. Felipe IV debió gustar mucho de estos ridículos favoritos, porque algunos le acompañaban en sus viajes y hasta en sus expediciones de guerra. Con m e n o s gratitud y m á s e s p í r i t u de crítica, ¡Cuan sabrosa explicación de estos retratos, hubiera podido hacer el. autor de ellos! Pero Vélázquez- -cuya sinipática fisonomía moral, más bien que su personalidad artística, hemos int e n t a d o esbozar en estas p l a n a s- -e r a agradecido, hasta el punto de ser. uno dei dos pocos v e r d a d e r o s a m i g o s y servidores con J que contó después dé su ¿LÁ- c a í d a el oonde- duquo de V k Olivares. LUIS BERMEJO D. ANTONIO EL IKGLES