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este r e i n a d o como la oonspiraoión y p r i s i ó n dol Príncipe de Asturias, ee desarrollaron en el Real Sitio de San Lorenzo, y la abdicación en el de AranjTiez. Fernando VII hizo su primera entrada triunfal en M a d r i d para tomar posesión como rey del regio Alcázar, después de la abdicación de su padre, e l 24 de Marzo de 1808, pero le ocupó poco tiempo, pues en seguida salió para esperar á Napoleón, al que, no encontró hasta llegar Bayona, donde tuvo que despojarse temporalmente de la corona que tanto había deseado. En e r Palacio de Madrid quedaron cuando salió Fernando VII, su tío el Infante D. Antonio, in- vestido del cargo de Begente, y sus hermanos la Jieína de Etruria y los Infantes D. Carlos y don Francisco de Paula. El Regente abandonó el Alcázar diciendo: ¡AM queda eso. y ¡Hasta el valle de Josafat! La salida del Infante D. Francisco, anunciada por una vieja con los gritos alarmantes que decían: ¡Que se los Hernán 1 jqu se los llevan! fué la chispa que produjo el heroico movimiento del 2 de Mayo de 1808. Durante la breve esESCALERA PRINCIPAL tancia de José Bonaparte en el Palacio de Madrid no ocurrió nada de notable, y reinaron en aquellas suntuosas estancias la inquietud y la tristeza, que terminaron con la precipitada fuga. El día 13 de Mayo de 1814 volvió Fernando VII, después del destierro de Valoncey, á la capital de España. En 28 de Septiembre de 1816 se celebraron las bodas do las princesas de Portugal y del Brasil doña María Isabel y doña María Francisca de Braganza con Fernando VII y con su hermano D. Carlos, y los dos matrimonios se instalaron en el Palacio Real, donde bien pronto comenzó á formarse la camarilla de D. Carlos y de su esposa, origen de la terrible guerra civil que tantos males ha causado á España. En Octubre de 1819 celebró Fernando VII sus terceras nupcias casándose con María Josefa Amalia, Princesa de Sajonia, joven de dieciséis años, que salió del convento donde se había educado para venir á Madrid. La nueva Reina ora de tan modesto y tímido carácter, que no so encontraba á gusto en el Palacio Real de Madrid, prefiriendo el del Escorial, donde se hizo construir la modesta casa del Príncipe, que aún existe. El paso de esta bondadosa señora por el mundo y por los alcázares regios fué muy breve, pues murió muy pronto, dejando por tercera voz viudo á Fernando VII, a l q u e los sucesos políticos volvieron á obligar á dejar su Palacio y su corte. La influencia de su cuarta esposa, la encantadora María Cristina de Ñapóles, so dejó sentir en el Palacio Real lo mismo que en toda España, y á la burda tertulia que formaban al Rey los Chamorros y otros favoritos de la misma índole, siguió otra en la que tuvieron entrada ilustres personalidades. Por iniciativa de María Cristina so dieron en Palacio conciertos y so celebraron representaciones dramáticas para distraer al Rey, que muy molestado ya por la gota, apenas podía moverse. En estas representaciones dramáticas tomó parte en los albores de su juventud la insigne Teodora Laniadrid. Durante la menor edad de doña Isabel II, el Palacio Real no revistió ninguna ánima- ción, reflejándose allí las tristezas é inquietudes de la guerra civil, que desolaba el país. GUARDIA ALABARDERO Las luchas de Espartero y de María Cristina como Regente, dieron lugar á ruidosos