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SAN PEDRO DEL PINATAR No era bien que el escritorpoeta, el cantor inimitable de los grandes espectáculos naturales, muriera en una casa de v e c i n d a d entre la atmósfei- a polvorienta de u n a capital como Madrid, tan poco favorecida por la Naturaleza. Castolar ha dejado de vivir respirando las brisas del mar Mediterráneo, del m. ar latino que tantas veces ocupó su palabra y su pluma, en u n a hermosa quinta adonde se llega por amplia calle de palmeras y entre los efluvios de la huerta de Murcia. 7 Todo hacía creer que la bondad del clima, lo h 6 rm. oso del espectáculo, el grato descanso junto á leales y espléndidos g; -amigos, seria suficiente á aliviar la dolencia que desde hace algún tiempo había renENTRADA PRINCIPAL A LA QUINTA DE LOS SRES. DE SERVET dido, si no el alm. a joven siempré, el cuerpo ya anciano del ilustre orador. Sucumbió éste en breve plazo á su última recaída, pero ha tenido el consuelo de morir entre los suyos, que á todas partes le seguían, y de dejar á sus amables anfitriones, con el inmenso dolor de tal desgracia, el legítimo orgullo de ser poseedores do u n a finca que une desde ahora el valor histórico á los encantos y bellezas qiie en ella se juntan. Todoouanto se diga acerca de los desvelos que por la salud del ilustre tribuno ha pasado la distinoTiida familia del Sr. Servet, en cuya casa se hospedaba el r. Castelar, es poco. Apenas supieron que Castolar necesitaba pasar una temporada en el S í campo para restablecer su quebrantada salud, movidos por la admiración que hacia él sentían y por la estrecha amistad que les liga con el director de M Liberal D. Miguel Moya, se apresurai on á ofrecerlo, por mediación de éste, su hermosa fin. ca de San Pedro del Pinatar, j- Sf los breves días que ha habitado en ella se han desvivido por hacerle todo lo m. ás agradable posible su estancia, mostrándose o r g u l l o s o s de que fuera su huésped. Junto á él han estado hasta el ú l t i m o momento, asistiéndole cariñosamente la s e ñ o r a doña Encarnación Spottorno de Servet, que no se ha separado u n instante de su cabecera. El Sr. Castelar, que sin duda presentía s u próximo fin, les dijo varias veces al ver la solicitud con que le cuidaban: ¡Qué presente les han traído á. usted e s! U s t e d e s creían que les traían un hombre vivo y se enFACaiADA DE LEVANTE, CUYOS HUECOS DAN LDZ A LAS HABITACIONES DEL SR. CASTELAR