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lo ha matado recibiendo! ¿El toro al espada? -No, señor; el espada al toro. -Es igual; en el establecimiento de donde m. e traen el desayuno hay un cartel que dice: Leche de cabras; se reciben avisos. ¡Y todo os recibir! -Ya salta a l a arena el segundo toro- -Amigo m. ío, huyamos de aquí. Mi desayuno me ha dado el tercer golpe. Bueno, y usted y yo, lector querido, saliendo de la Plaza de Toros por entre las terribles reses enohiquerndas como quien va cogiendo caracoles, nos dirigimos al Hipódromo, donde, según han anunciado los periódicos, se celebra la reunión de primavera de caballos, ó las carri ras de éstos en su rounión de primavera; tanto monta, que dirían, y nunca con mayor propiedad, los Reyes Católicos. Después de haber pagado nuestros billetes de libre circulación, por no ser menos libres en la circulación que los caballos, nos encontramos al conocido sportmen Sr. X, que siendo sportmen, aunque sea X, tiene que ser conocido, como seria bizarro si le hicieran brigadier, y joven bastante agraciada si la matase su novio. ¡Qué! nos dice. ¿Ustedes vienen á ver las carreras? ¡Pero si ya no hay carreras! ¡Cómo! ¿se han concluido tan temprano? -No, señor; quiero decir que están deshechas las mejores cuadras. ¡Santo Dios, cuántos amigos míos se habrán quedado en la calle! -Los caballos que hoy corren no son verdaderos caballos. ¡Y nosotros que acabam. os de presenciar una corrida de toros sin toros! -Pues, nada, señores, ya ningún sportmen que se estime acude á estas reuniones con el sano propósito de jugarse unos cuartos ni alimentando la esperanza do ver algo que valga la pena. ¿Saben ustedes los únicos que se asoman con interés á presenciar las carreras? Los cuadros de ahí arriba, los de la Exposición de Bellas Artes. ¡Oiga! -Sí, señores, á ver qué jockey se lleva el premio de honor ¡Hinojosa! cuestión verdaderamente hinojosa esa que plantea usted- -Pues á eso han quedado reducidas todas las carreras. ¡Hombre! le digo yo al lector tratándole con cierta confianza: vamonos al Frontón Central hace poco inaugurado; allí siquiera habrá lucha, habrá emociones, nos divertiremos. Dicho y hecho; ya estamos los dos sentados en dos butacas de cancha viendo cómo la pelota va de la pared á la cesta y de la cesta á la pared, mientras los corredores se desgañitan gritando treinta asulesy, lo mismo que si ignorasen la existencia de Z. Y cuando empezamos á ponemos azules como los treinta á fuerza de temer que nos suelten en la cara el pelotazo treinta y uno, clama indignado un mi vecino de localidad: ¡Qué pelotaris éstos! ¡ya no hay pe otaris! El juego de revés ha matado la pelota. ¿Sabe usted, me pregunta con gesto iracundo, quién dio la última bolea? -El duque de Tetuán en el Senado, le respondo tembloroso. -No, señor, me grita; Irün, el célebre Irún, y tuvieron que cortarle el brazo. ¡Desde entonces ya no hay pelotaris! -En esto mi hombre se levanta huyendo el bulto á una pelota que viene hacia él disparada. Vuélvese de espaldas, se inclina y recibe el golpe donde yo no he de nombrar. Momentos de ansiedad; ¿será grave la lesión? El interfecto recoge del suelo la pelota, me la enseña, y exclama con verdadera rabia: ¡Y do i- evés también ésta! Nada, ¡que no hay pelotaris! De suerte, querido lector, que en las corridas de toros ya no hay toros, en las carreras de caballos no hay ya caballos, y en los partidos de pelota no hay ya pelotaris. Pues si resulta que en el G- abinete de la regeneración no ha tampoco regeneradores, ¡de verdad que nos hemos divertido! En ñn, huyamos de presenciar corridas de toros sin toros, carroras de caballos sin caballos y partidos de pelota sin pelotaris, pero no desesperemos de ver al ministro de Hacienda mudo como el presupuesto de ingresos y pidiendo una limosna para el pobrecito Erario á la puerta del Hospicio. Y entonces podremos decir: en España no nos divertimos, pero nos regeneramos ó sea el reverso de aquella conocidísima frase: en mi casa no se come, pero nos reimos mucho GiN s DB PASAMONTE.