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pedernal y que la recogió en hierba seca ó en hojarasca, convirtiendo un punto de fuego en una hoguera? I Porque éste si que supo golpear en la puerta de lo desconocido; éste si que supo arranearle á la Natura leza uno de sus grandes secretos, celebrando con incendios su triunfo. Y obtenido el fuego y obtenida la luz, la historia de éste invento tendría, á modo de anales gloriosos, una serie de curiosísimas invenciones. Poned en ñla conquistadores asiáticos, Faraones de Egipto, héroes de Grecia, patricios de Ronaa, emperadores poderosos, reyes bárbaros, ¿y qué tendréis? Una serie de hombres que en arrancándoles coronas, cetros, espadas, lanzas, púrpuras y armaduras, nada serán ni nada dirán de lo que fueron: andrajos de carne, esqueletos carcomidos. Pero poned en fila dos trozos de madera que frotan, el pedernal que echa chispas, la tea humosa, la lámpara de barro llena de grasa, y esta prodigiosa invención: la mecha; y luego lámparas artísticas y aceites olorosos, y meohas que se van puliendo; y luego esa otra invención admirable que nosotros llamábamos velas (admirable aun siendo vela de sebo) y luego el clásico candil, prodigio del arte humano, por ridículo que hoy nos parezca. Y después el venerable velón, que multiplica sus mecheros, y más tarde la lámpara de relojería y el quinqué afrancesado. Y más tarde todavía el mechero de gas... ¡Serie prodigiosa; historia de todas las civilizaciones; reguero de luz que empieza en la caverna y que termina con la lámpara de incandescencia; prodigio de los prodigios; línea luminosa á través de la Historia, que escribe sin sangre, ni espadas, ni losas sepulcrales, el triunfo del genio del hombre! ¡Este sí que sería un verdadero compendio de la Historia! De la Historia cada vez más luminosa, que empieza por bocanadas de humo y acaba con palpitaciones eléctricas. De la Historia de la humanidad, que, digan lo que quieran los pesimistas, cada vez se espiritualiza más y más. Porque para tener luz ya no necesitamos que se queme la madera resinosa; ni que se derrita la grasa nauseabunda; ni que vaya trepando por la tosca mecha con trabajosa ascensión el turbio aceite; ni que goteo la vela de sebo; ni que espere la vela más pulida la prosaica decapitación del pábilo por las arohiprosaicas despabiladeras. No, ciertamente: que con las despabiladeras se hundió toda una civilización vetusta. Ya la materia nos sobra casi para obtener la luz: ni el gas siquiera nos hace falta, que materia es y materia peligrosa. Para tener luz, nos basta con el éter, ó si se quiere, con la electricidad. Un hilo sutilísimo de carbón en el vacío de una láijapara, para que al contacto de la atmósfera el carbón no se consuma, y por el carbón una corriente eléctrica. Es lo mismo que arrojar por un cauce lleno de piedreoillas y dé rápida pendiente un arroyuelo de agua cristalina. Al chocar con el guijo se cubriría de espuma, y el arroyuelo sería una linea blanca brillando con los cambiantes de la luz solar. Pues así, por el hilillo de carbón va la corriente eléctrica con el impulso de cien volts, que es como caer por una pendiente muy rápida; y al hacer vibrar las partículas del carbón parece como que todo este cauce se cubre también de espuma luminosa. Con el pensarniento se puede forj ar una especie de museo en que aparezcan en línea estos diferentes sistemas de alumbrado, desde el primitivo, desde la tea humosa de las cavernas, hasta la primorosa lámpara de incandescencia. t a: K 5- r: 1 f