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Y allá, de sangre rojos, notando entre las olas, los míseros despojos de naves españolas que de las playas huyen amigas hasta ayer, dirán en son de guerra al triste navegante: -No fíes de esa tierra ingrata e inconstante que renegó del nombre de quien le diera el ser. Ella de vil esclava tendrá la marca en breve, el cetro que soñaba recogerá la plebe, y de sus muertas glorias ni rastro quedará, mientras la patria cuida con su labor fecunda de restaurar la herida, más que mortal, profunda, que el manto de cien reyes por siempre manchará. Y ¿quién del Poder Sumo penetra los misterios? La vanidad es humo, son polvo los imperios; la mano que acaricia destruyo á lo mejor. ¡Despiértese indignado el dios de la venganza, y- el hierro del arado podrá trocarse en lanza, el poderoso en débil y el pobre on redentor MANUEL DEL PALACIO Pe la Real Academia Española. i L g