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agradaba, y la calaverada, que antes me ponía miedo, iba parecí ándeme lo más inofensivo del mundo, pues no se veía por allí ni rastro de persona regular que pudiese oonooermo. Nada me aguaría tanto la fiesta como tropezarme con algún tertuliano de la Sahagún ó vecina do butacas en el Real, que fuese luego á permitirse comentarios absurdos. Sobran personas maldicientes y deslenguadas que intei protan y traducen siniestramente las cosas más sencillas, y de poco lo sirvo á una mujer pasarse la vida muy sobro aviso si so descuida una hora (Sí, y lo que es ámi, en la actualidad, me caen muy. bien estas reflexiones. En fin, prosigamos. El caso os que la pradera ofrecía aspecto tranquilizador. Pueblo aqiií, pueblo allí, pueblo en todas direcciones; y si algún hombro vestía americana en vez de chaquetón ó chaquetilla, debía de ser criado de servicio, escribiente temporero, hortera, estudiante pobre, lacayo sin colocación, que se tomaba un día de asueto y holgorio. Por eso cuando á la subida del cerro, donde ya no pueden piasar los carruajes, Pacheco y yo nos bajamos de la berlina, parecíamos, por el oon traste, pareja de archiduques que tentados de la curiosidad se van á correr ima fiesta populachera, deseosos de guardar el incógnito y delatados por sus elegantes trazas. En fuerza de su novedad, me hacía gracia el espectáculo. Aquella romería no tiene nada que ver con las de mi país, que suelen celebrarse en sitios frescos, sombreados por castaños ó nogales, con una fuente ó- riaohuelo cerquita, y el santuario en el monto próximo El campo de San Isidro es una serie de cerros pelados, un desierto do polvo invadido por un tropel do gente, entro la cual no se ve un solo campesino, CAPILLA DEL SANTO sino soldados, mujerzueEN LA IGLESIA DE SAN ANDRÉS las, chisperos, ralea apicarada y soez; y en lugar de vegetación, nriles do tinglados y puestos donde se venden cachivaches, que pasado el día delSanto no vuelven á verse en parte alguna: pitos adornados con hojas de papel de plata y rosas estupendas; vírgenes pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón; medallas y escapularios igualráonI nn. iiji. i. m- I iM i iii rabiosos; loza y cacharros; figuritas groseras de toreros y pica í j j i v- Í T B W T dores; botijos de hechui- as raras; monigotes y fantoches con la í V cabeza de Martos, SagastaóCastelar; i ministros á dos HOY LAS CIENCIAS ADELANTAN reolcs; e s c u l t u r a s de los ratas d e La Gran Vía, y al lado de la. efigie del bienaventurado San Isidro, unas figuras que ¡válgame Dios! Hagamos como si no las viésemos. Aparte del sol que le derrite á uno la sesera y del polvo que se masca, bastan para marear tantos colorines vivos y xíietálicos. Si sigo mirando van á dolerme los ojos. Las naranjas apiñadas parecen de fuego; los dátiles relucen como granates obscuros; como pepitas de oro los garbanzos tostados y los cacahuetes; en los puestos de flores no se ven sino claveles aniaírillos, sangre de toro ó de un rosa tan encendido como las nubes á la puesta del sol; las emanaciones de toda esta clavelería no consiguen vencer el olor á aceito frito de los buñuelos, que se pega á la garganta y produce un cosquilleo inaguantable. Lo dicho, aquí no hay color que no sea desesperado: eluniforme de los m. ilitares, los mantones de las chulas, el azul del cielo, el amarillento do la tierra, los tíos vivos con listas coloradas y los columpios dados de almagre con rayas de añil y luego la música, el rasgueo de las guitarras, él tecleo insufrible do los pianos nrecánicos, que nos aporrean los oídos con el paso doble do Cáiliz, repitiendo desde treinta sitios de la romería: Vi- va España! ERMITA DE SAN ISIDRO Nadie imagine maliciosamente que se me había pasado lo de oir misa. Tratarnos de romper por entre el gentío y. do deslizamos en la ermita, abierta de par on par á los devotos; pero éstos oran tantos, y tan apiñados, y tan groseros, y tan mal olientes, que si porfío, en llegar á la nave, me sacan de allí desmayada ó difunta. Pacheco jugaba los brazos y los. puños, según podía, para defenderme; sólo lograba que nos apretasen más y que oyésemos, juramentos y blasfemias atroces. íi géá DNA CANA AL AÍRB EMILIA PARDO BAZAN Ftitofirafiaa H. Briz y Vascano