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E j la calle do Garrotas, tienen ustedes sia casa, piso tercero, con siete balcones y dos ventanas. Pu. ed 6 n ustedes venir siempre que gusten á honrarla, que tiene muy buenas vistas; y aunque me cuesta algo cara, bien lo merece por cierto, que así me doy importancia viviendo en callo tan céntrica y por demás celebrada. El dos de Mayo, á las once y media de la mañana, la procesión consabida bajo mis balcones pasa, y el ánimo so recrea, se divierte y so solaza viendo el conjunto que forman, en multitud apiñada, ya jóvenes casaderas pero que nunca se casan, ya jamonas presumiendo lie frescas y vivarachas, ya estudiantinos imberbes ansiosos de tenor barba, ya generales luciendo llorón blanco y limpia espad á galope en el caballo, poniendo espanto en las masas y haciendo como que hacen, y, en resumen, no hacen nada. También animan el cuadro las marchas y contramarchas de las tropas, y el sonido de la trompeta quo manda formar en correcta fila, ó quo toque la charanga mientras lentamente llega la procesión ya cercana. Aquí grita uno que vendo la relación detallada de l i gloriosa epopeya del Dos de Mayo en España. Allí so oye una disputa porqiio una Jinda muohaclia cruza á la acera de enfrente, quebrantando la ordenanza, sin que el oficial, galante, la diga ni una palabra, mientras se pono furioso y, descompuesto, amenaza á una fea que pretende ir detrás de la. que os guapa. Do pronto corro la gente, surge ol tumulto, y no os nada... un tomador quo no sabe qué ¡lora os, y lo hace falta un reloj, y le degüella sin puñal y sin navaja. En fin, á un coche parado asoniéjaso mi casa, y yo se la ofrezco á ustedes por si gustaron honrarla. Esto tuve la üaquoza do decir, on presa llana, on la tertulia do Eópez, marido do doña Eulalia, quien lo regaló tros hijos y seis hijas, dos on ama, porque vinieron al mundo de un parto, á marchas forzadas. Y es claro, se oonvidartuí con la mayor confianza á ver la ya referida procesión desde mi casa, Don Lucas, á la sazón presento, con sus hermanas, mo dijo: -También nosotros, puesto que usted no so enfada, un balcón ocuparemos, pues con un balcón nos basta. Esto lo oyó doña Tecla, viuda triste y desolada porque perdió con su esposo noventa duros de paga, y replicó dii- igiéndome insinuantes miradas: -Supon. go que para mi guardará usté en su morada un agujero. ¡Por Dios, señora, usted disparata! Tendrá usted los agujeros que quiera y que lo hagan falta. ¿Podré llevar á mi hija? -Pues ya lo oreo, que vaya, -La acompañará su novio. -Y dioz más, si os que le agrada. Por último, aquel refrán acreditado on España- quo dice que un convidado convida á ciento, en mi casa se cumplió con rigurosa exactitud matemática, y fué de ver la, irrupción do bárbaros y do bárbaras invadiendo los balcones y asaltando las ventanas: los niños haciendo trizas las sillas y las birtacas, las señoras reservando el mojor sitio á las amas, los horiibres llenando de humo y de colillas la sala, y cuando anunció ol rumor quo la procesión pasaba, mi familia j yo no hallamos sitio donde contemplarla. A la puerta de la calle corrimos, mas ¡oh desgracia! bajamos las escaleras oon tanta cólera y saña, que llegamos al portal rodando como naranjas. Yo me rompí una mandíbula, mi mujor se quedó chata, y desde entonces las gentes que prosonciaron el drama, i VÍCTIMAS DEL DOS DE MAYO! en gon de burla nos llaman. TOMÁS L U C E N O