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W i x rií SÍK: -J. YJ a 5. 3i ¡5 nen, porque ya son dos mujeres pues, que les manlasen así, vamos, hacer una obra de caridad, como si fueran niñas de las que van á la maestra para que al salir de la escuela den á un pobre el postre del almuerzo ó el pan de la merienda. Luego, sin duda por. contentar á V. E. acordaron que cada una disaurriese lo que pudiera y así ha sido. -Adelante. -Pues verá la señora. Ya sabe V. E. que á las señoritas los dan los señores Condes, sus padres, no sé cuántos duros todos los meses para que se los gasten como quioi- an, lo que vulgarmente so dice para alfileres, poi- que do cuentas gordas es un horror lo que pagan. También sabe V. E. que Rita, aquella chica tan guapa que tuvimos de segunda doncella, puso al casarse un taller de p auchaj pero que no pudiendo sostenerlo durante el verano porque todo el mundo se va fuera, tuvo que cerrarlo, preparándose á morirse de hambre. Al llegar el inviernointentó abrirlo de nuevo, pero ni tenía un cuarto, ni hallaba quien lo alquilase sin dinero adelantado; total, para no cansar á T. E. la señorita Pilar le ha dado todo su dinero de este mes para que se establezca, y después de pedir permiso á su madr ha escrito á un casero en favor de la pobre muchacha, diciéndole que ella sale por fiadora de lo que importe el pago de la tienda. -No está mal; es un rasgo bonito. ¿Y Estéfana? -Lo que ha hecho la señorita Estéfana, claro que está- muy bien, poro á mí me parece un disparate. Yo estaba rabiando por contárselo á V. E. así que me alegro de que me lo haya preguntado, porque ella me había prohibido que lo dijese. -Cuenta, cuenta, que cuando á ti te parece disparate, debe de ser cosa buena. -Matea, la mujer del mozo do cuadra, está mala hace mucho tiempo; tiene en las piernas unas úlceras que no se curan con riada, y tan asquerosas, tan asquerosas y qxie despiden un olor tan fétido, que no se puede parar á su lado. Antes iba con frecuencia á la Casa de Socorro, y allí se las curaban; pero luego no sé lo que ha sucedido, si le han dicho que fuese al hospital ó. que presentara papeles do pobre, el caso es que y a no quieren recibirla. Llevaba dos semanas sin asistencia. ¡En mi casa! ¿Y cómo no he sabido yo nada? -dijo disgustándose mucho doña Teresa. -Tampoco lo sabía yo. No sé quién se lo dijo á la señorita Estéfana. ¿Y qué oi eerá V. E. que hizo? Pues lo primero mandó venir al señor doctor, subió con él al sotabanco donde está la Matea, presenció todo el reconocimiento que le hizo, le obligó á que esperase hasta que trajesen de la botica lo que había recetado, vio cómo la curaba, y desde aquel día silbe por mañana y tarde, y ella misma, sí, señora, ella misma le limpia el pus con un algodón más blanco que la nieve, mojado en no sé qué; le quita las telillas que crían las llagas, echa unos polvos amarillos que apestan, y está allí aguantando quejidos y mal olor, y hasta las palabi otas que suelta la Matea, que cuando los dolores le aprietan echa demonios por la boca. Aquello es espantoso, y al mismo tiempo revuelve el estómago. Yo he subido con ella dos veces, y me cuesta trabajo estar allí. Lo que yo ló digo: Señorita, pague usted un practicante si quiere, pero sus dedos de usted no se han hecho para tocar las patazas de esa desdichada, ni sus oídos de usted para escuchar las desvergüenzas que dice. Doña Teresa clavó. en Basilisa los ojos de un modo muy significativo. En su mirada había juntamente compasión de la ig- nói- ancia y desprecio de la mezquindad de espíritu. Luego le mandó que la dejara sola, y en seguida, sin espierar á que expirase e l plazo concedido á sus nietas, dio orden de que se lé presentaran on cuanto volvieran del paseo. Hiciéronlo asi de allí á poco, y cuando las tuvo on su presencia, luego de besarlas- mucho, dijo: -Ya sé lo que habéis hecho. Para ti, Pilar, la cadena, porque privarse uno de lo quede agrada en provecho del prójimo, es hermosa obra de caridad; pero tú, Estéfana, toma ol llavero, ve al salón, revuelve cofres, arcas, armarios y vitrinas; escoge y toma lo que quieras. Mas ya verás cómo no encuentras cosa, por rica que sea, qiT. o te contente ni sirva de recompensa, porque para esa caridad que consiste en, dar limosna de compasión- y de piedad poniéndose en contacto con el sufrimiento ajeno, soportándolo y participando de él, para esa, que es la más noble y verdadera, no hay- en el mundo más premio que la gratitud algunas veces, y siempre la sat ¡sfa, oción de nuestra conciencia. JACINTO OCTAVIO P I C Ó N Dintrjos B MÉNDEZ BRINGA