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largo rato revolviendo trapos y baratijas que valían poco, mientras las chicas permanecían prtidontemonte calladas en expectativa de cosa mejor; luego, con gran sorpresa, vieron que se paraba ante un fortísimo mueble de roble con grandes cerraduras dé acero bruñido, donde guardaba las alhajas. -Vengo 4 ver si hay aquí- -iba diciendo- -un briUantito muy chico para sustituir otro que ha perdido vuestra m. adro. T abriendo con gran estrépito de herrajes el mueble, comenzó á revolver cajonoitos y escondrijos atestados de estuches de mil formas distintas. ¿Qué hay aquí? -dijo de pronto Bstéfana tomando una cajita de concha con incrustaciones de plata. ¡Deje usted eso! -gritó doña Teresa. Mas ya la chica había quitado la tapa de la caja, sacando de ella una larguísima cadena formada por menudos eslabones de oro, interrumpidos de trecho en trecho por perlas no muy grandes, pero perfectamente redondas y de un oriente precioso. ¡Qué bonita! -exclamó Pilar. -Como las que se llevan ahora- -agregó Estéfana; y más, mucho más larga. -Mejor- -interrumpió su hermana; -así hay pira las dos, sin más que cortarla y poner un broche. Pero doña Teresa cogió la oadenita con las puntas de sus aristoiráticos dedos, y alzándola despaoio para que la admirasen bien, dijo mientras la tenía en alto unos minutcTs: ¿La veis bien? Sí; muy bonita y muy rica; mejor que las que hacen hoy no tolero que se corte. Una de vosotras se queda sin cadena y ésta, ésta hay que saber ganarla como que es de lo mejoroito que me queda. Calló un instante, discurriendo la manera do formular su propósito, y en seguida añadió: -Digo que hay que ganarla. Lleváis una temporada de mucha diversión y mucho jaleo: bailes, teatros, reuniones de tarde, paseos lo propio de vuestra edad, lo sé, santo y muy bueno; pero de vez en cuando hay que poner el pensamiento en algo que lo depure y redima de cualquier mal impulso, idea mezquina ó sentimiento bajo que haya brotado en vuestras cabscitas ó en vuestros corazones. Chifladuras de la abuela, ¿verdad? Pero no os asustéis; no voy á echaros un sermón. Sois buenas, porque no hacéis daño á nadie; pero cuando so ea rico, la bondad que sólo consiste en no perjudicar al prójimo, es bondad á medias; la verdadera estriba en ahorrarle penas. ¿Vais entendiendo? El precio de esta cadenita lo fijaréis vosotras mismas. ¿Cómo? de una manera muy sencilla. Se. la regalaré, de vosotras dos, á la que en el plazo de un mes haya hecho la obra de caridad que sea más de mi agrado; y habéis de hacerla por vuestra exclusiva iniciativa y con vuestros propios recursos, con lo que se os ocurra y con lo que tengáis, sin pedir á nadie una peseta. Y mientras las dos muchachas se miraban de hito ea hito sorprendidas de la condición impuesta, doña Teresa hizo oscilar la cadena unos segundos para que brillasen el oro y las perlas, y en seguida, dejándola en su cajita, cerró el mueble de roble y echó con gran ruido la llave; hecho lo cual, con mucha oa ma dijo: -Estamos á 14; de hoy en un mes me contará cada cual su obra de caridad. III Deseando doña Tei- esa estar enterada de lo que hiciesen sus nietas, á fin de fallar discreta y justamente, la víspera de expirar el plazo llamó á su costurera Basilisa, buena mujer, casi tan vieja como ella, que llevaba á su servicio muchos años, para quien no tenía secretos y de quien podía fiarse. ¿Sabes algo- -le preguntó- -de lo que han hecho las niñas? -Sí, señora; va V. E. á quedarse con la boca abierta. -Di lo que sepas. Y sentadas ambas, la señora en un enor; n 6 sillón y la costurera cerca de ella en una silla baja, con la almohadilla de la labor en el regazo, contó la segunda lo siguiente: En primer lugar, ha de saber V. E. que les pareció cosa muy rara que á la edad que tie-