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v ada vez quo la anciana y riquísima síjñora doña Teresa Remanso deTajuña se dirigía hacia la habitación quo en su casa llamaban el rastro da la abuela, sus dos nietas Estáfaua y l ilar ochaban á correr tras olla por galerías y salones, seguras dj que como lograran entrar allí no saldrían con las manos vacías. Nombre do rastro daban por broma todos los individuos do la familia á una, espaciosa estancia de más de diez metros en cuadro, llena de arcas, aroones, vargueños, taquillas, cómodas, -vitrinas, cofres y armarios henchidos de prendas de ropa, trozos de tila, retazos de flecos, blondas riquísimas, encajes preciosos, abanicos y rosarios de labor primorosa, figurillas do porcelana, cintas, lazos, hebillas, broches, alhajas y chucherías antiguas ó simplemente viejas, de esas quo nuestros padres miraban con indiferencia y ahora se pagan á peso de oro, todo lo cual conservaba doña Teresa, en parte por sor muy guardadora, y en parte por cierta propensión naelancólioamento poética qne le impulsaba á ver en cada obj oto un recuerdo de un momento de su vida. Fuera por lo que fuese, ello era quo doña Torosa conservaba verdaderas maravillas y quo le divertía m. uoho enseñárselas á los parientes y amigos, haciéndoles extensa y pintorosca relación do cómo y cuándo llegó á sus manos cada cosa y de las memorias quo á olla iban unidas; pero nunca regalaba nada. Exceptuadas sus nietas Estéfana y Pilar, nadie podía envaneoorsc con que doña Teresa hubiera hocho en obsequio suyo ol sacrificio do desprenderse de la más insignificante baratija. En cambio, ellas, una por graciosa desenfadada á quien nada se podía nogai- y otra por sosi encogida á quien fuora injusto no hajor partícipe del privilegio de su hermana, conseguían de la abuela cuanto deseaban. Ambas sabían quí cuando doña Teresa andaba por los pasillos armada del monumental llavero, indisponsabls en tales casos, algo pescaban á poca habilidad que desplegasen, porque la bondadosa viejocita no resistía á sus mimos y zalamerías. Pero lo singular ora que doña Teresa no hacía verdaderos regalos, sino quo daba imponiendo condiciones. I? or ejemplo: un soberbio cuello de punto de Alenzón le costó á Pilar hacer el recuento de to la la ropa blanca de cama y mesa, fina y ordinaria, de amos y criados; más de treinta personas quo había en la casa. Una miniatura francesa del siglo xill, que representaba una pastora durmiendo entre sus borregos, con marco de bronce cincelado, fué el premio concedido á Estéfana por haber hecho un prasupu. esto aproximado, pero detalladísimo, do lo quo costaría la renovación total do la bataría do cocina y enseras de despensa. En otra ocasión, ambas hermanas recibieron dos magníficos pedazos de soda con dibujos Luis XV, lo bastante grandes para tapizar con cada uno unx butaca, á cambio de habor recortado con exquisito cs. nero los antiguos escudos nobiliarios que había en las colgaduras viejas de los balcones para recoserlos sobro las quo se habían hecho nuevas. Einalmonto, doña Teresa no era con sus nietas tacaña, sino ant s al contrario, muy generosa; poro nada los concedía. sin obligarles á que hiciesen algo con que se acostumbrasen á ser hacendosas, previsoras y ordenadas, con lo cual, sDgún iban desplegando buenas condiciones y habilidades, iba pasando á sus manos lo mejor del rastro de ta abuela. II ¿Qué edirjmos hoy? -preguntaba una tarde Pilar á su hermma oyendo sonar on la galería el llavero de doña Teresa. Estaremos á lo que salte, -repus! Estéfana. Y ambas esperaron á su abuelita on la puerta del salón, y entraron tras olla. Primero estuvo doña Teresa