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Mi historia, lector amigo, no puede ser más sencilla ni más inverosímil. Dudo yo muolio, sin embargo, que pueda interesar á nadie la historia de un punto en este país tan abundante de ellos, quo hasta los coches destinados al servicio público se llaman coches de punto, como si únicamente transportaran esos signos ortográficos en carne mortal pecadora y ciudadana. Ello es que cuando todavía no era yo punto ni iba, á mi juicio, para eso, tuve una herencia y mo faltó un tío, el mismo que al nomibrarme su heredero adoptó la fatal resolución de marcharse al otro mundo. Pero mi tío no murió del todo, porque al corto tiempo de su óbito hubo en Madrid elecciones, y yo le vi votar en un colegio. Estaba mtiy desfigurado; la tum. ba le había robustecido extraordinariamente, y tenía cara como de agente de la secreta. Yo, que hasta el momento de recoger su herencia había pasado una vida trabajosa y miserable, apenas contemplé mi cartera repleta de billetes de Banco, tuve la buena idea de resarcirme de todos los disgustos y penalidades anteriores, y me lancé á gastar y á divertirme en obsequio de mi tío. Casi todos los sufragios de los sobrinos herederos por sus tíos causa- habientes, son como los que yo le dedicaba al mío: cenas en restaúranos y colmados, teatros, toros, juergas El tío que se muere es el tío que más so divierte: de oso pueden tener completa seguridad los qiie aún no han cerrado el ojo. Pero con el sistema de vida jacarandosa que yo adopte en honor de mi difunto tío, y para su mayor diversión en el otro mundo, los billetes de Banco de mi cartera iban lenta pero continuamente desapareciendo como la media luna de la culta Europa, y cuando ya andaba mi herencia pareciéndose al que me la dejó, respecto á dar las boqueadas, he aquí que cierta tarde un amigo óomp acionte me llevó á una casa de juego, y fui por primera vez punto. Jugué, os verdad, pero jugué no por vicio, sino por resucitar á mi tío, que estaba ya casi de cuerpo presente en mi cartera. Jugué por la misma noble pasión que á muchos impulsa á recobrar los objetos extraviados cuando éstos son recuerdos de familia. Jugué y perdí en sucesivos días el escaso oaiidal que me restaba, y yo, siempre empeñado generosamente en resucitar á mi tío, empeñé también las prendas más caras (es decir, las que más caras me habían costado) y su importe quedó asimismo en manos del bárbaro banquero, qiTe no se compadecía de ixn sobrino deseoso de resucitar á su tío. ¡Ah! ¡Con qué afectuosa emoción recordaba yo su fisonomía, la quo llevó al colegio electoral cazando fué á votar después de muerto y con tipo de agente de la secreta! Una noche, y exponiendo ya los últimos céntimos, empozó la fortuna á soplarme, y en pocas horas (aunque se daban menores) conseguí rehacer casi toda la herencia de mi tío. Los billetes de Banco, recuerdo de familia, se amontonaban delante de mí sobre el tapete verde. De pronto sonó un timbre de alarma en la sala de juego, y á poco resonó, el inverosímil grito de ¡la policía! Huyeron unos puntos; otros puntos se agazaparon debaj o de la mesa; yo quedé inmóvil y aterrado en mi puesto, como un punto encima de otro. Tal era mi desmayo, que ni recogí la herencia de mi tío. Una mano extraña se encargó de ello. Cuando volví la cara para conocer al dueiio de aquella mano intrusa y autoritaria, di un grito. ¡Mi tío había resucitado segunda vez con la misma fisonomía que llevó al colegio electoral á votar por los candidatos ministeriales! Mi tío, desde que falleció, pertenecía á la secreta. Cargó con su herencia (supongo que para depositarla en el Juzgado) me escabullí no sé cómo, y hoy puedo referiros en libertad esta historia inverosímil. ¡Inverosímil, no por la doble resurrección de mi tío, nada de eso, sino por la visita de la policía madrileña á una casa de juego! ¡Cosas de mi tío! GiNÉs DE PASAMONTE