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iyl EL POETA DE LOS VEINTE AÑOS A buen seguro que no habrá oídos en. nuestra patria en los que no suene como el de un amigo inolvidable el nombre de G- ustavo Adolfo Beoquer. Las generaciones se suoe den, y todas siguen adorando en sus Rimas con igual delirio, soñando con sus. estrofas desde los bancos universitarios, mientras el catedrático se desgañita explicando, ó desde el gabinete en que la rubita cose, detrás de la vi- driera, para que no se le escape el novio al pasar. Y es que Becquer es el poeta de los veinte años, de la primera ilusión, de las pasiones prematuras, de esa edad de oro de la vida en que se abre el alma a l a mirada de unos ojos negros, en que se ama al amor y en sus versos hemos hallado lo que íbamos buscando la repercusión de los propios sentimientos. A los demás poetas se les admira; á Becquer so le quiere. Claro está, y ello demuestra su trascendencia, que el pasionalismo de las rimas de Beoquer, en él tan sincero y lleno de verdad, aspirado por la juventud ciega, obedeciendo á sus palpitaciones instintivas, tenía que producir un desastroso resultado, un desbordamiento romántico enteramente falso, y curado, por fortuna, en la mayoría de ios casos al caer la nieve de los años en e l alma. El primer efecto de los veinte años tras la lectura de Beoquer, es imitarle. Espanta considerar la de imitaciones á sus poesías que por ahí ha circulado y siguen circulando y leyéndose en las tertulias. Por supuesto, en esa florida edad no hay apasionado suyo qué no se crea desdichadísimo y víctima de una pasión amorosa, y que no vuelva 4 creer en Dios en cuanto le, mire su novia, enouéntresela ó no. Y eso de buena fe, por esos benditos estrabismos de la adolescencia que podrán ser erróneos, pero que son siempre honrados y sentidos. 1 La- popularidad de las obras de Becquer la ha derramado también sobre su vida privada. Sabido es cómo hizo la mayoría de sus composiciones: sobre la mesa do redacción de El Contemporáneo de perdurable memoria, Llegaba silencioso, tímido, grave; requería la pluma, y se ponía á escribir y á dibujar. Porque era premioso dé inspiración, ó por lo menos de expresión tardía, y así como en otros acude l a musa compadecida de las yemas de los dedos del vate, en él llegaba llena de curiosidad por ver aquellos monos que la mano distraída dól poeta trazaba en cualquier parte, y que no se perdían gracias á lo que los compañeros de G- ustavo le admiraban. El dibujo que reproducimos, recogido por el entonces redactor del importante diario y hoy sabio é ilustré repúblico D. Antonio María Pablé, es uno do los muchos brotados del talento artístico de Beoquer en sus gestaciones poéticas. Y allí, á la luz de los quinqués y entre el humo del tabaco, saludó á los mudos santos de granito y diérohle la noticia do la traición de su araada, que le produjo el frío de un hieri o atravesándole la espalda Era en tal sazón Beoquei como su retrato revela, un hombre en sus treinta y pico de años, delgado, de finas facciones y- firme. cabeza, y oohalgo de soñador y embelesado en el rostro. Su cariño fraternal, su verdadero culto por su hermano Valeriano, tan artista, fué quizás la única nota resplandeciente de su vida. En realidad, lé persiguió la desgracia cruelmente. Su prosa robusta y á la vez vibrante, precursora de la que hoy priva y la que constituye su verdadero bagaje literario, revela siem. pre una gota de melancolía resbalando hasta los puntos de la pluma. Como Valeriano, murió joven. Quizás le mató su misma idiosincrasia. Sus rimas no morirán nunca. Más á ellas que á sus artículos les deberá la inmortalidad, y se la deberá, sobre todo, por un sentimiento eterno que hará siempre palpitar el corazón de la humanidad: por un gran amor á una mujer. lilIJL. JUAN LUIS LEÓN r: DIBUJO DE BECQUER