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apenas hecha la primera rehanada, miró á todos lados y de un salto se puso al lado de María, cogiéndola de un brazo con la mano izquierda, mientras que con la derecha blandía el arma. -Vengo á matarte, la dijo. María dio un grito terrible y trató de desasirse, pero imposible: Colas era el hombre más forzudo del pueblo, y su puño la apretaba el brazo como una argolla de hierro. Quiso pedir auxilio, pero en todo cuanto la vista alcanzaba no se veía más ser viviente que las cabras que triscaban indiferentes á aquella horrible escena, y uñ cielo azul, puro, sin una nube, alumbrado por un sol de Andalucía. -Vengo. á matarte, repitió Colas sin soltarla, porque no te portas bien conmigo. Conque aquí, ó me obedeces ó to mato. María estaba casi sin movimiento. No tenía alientos ni para forcejear y apartarse de un sitio donde se sentía como clavada en el suelo. -Contesta, gritó Colas acercando la punta del arma al corazón de María. Y ella, con los ojos fijos en el azul del cielo, pálida y casi helada, parecía esperar algún auxilio providencial que la sacara de tan angustiosa situación. De repente, sus mejillas se colorearon y sus ojos adquirieron extraño brillo. Había sentido un rumor que conocía mucho, el del tren expreso, que llegaba á su hora corno siempre. -Suelta, se atrevió á decir con una energía que estremeció á Colas; pero éste oprimió con más fuerza su brazo, repitiendo: -Contesta pronto ó te mato. El estridente silbido de la locomotora llegó en aquel momento á oídos de ambos. Colas cerró la navaja instintivamente con una sola mano, apoyando la hoja en su pierna y sin soltar. á María. En aquel instante, el tren se acercaba á toda velocidad, haciendo horrible estrépito y levantando nubes do polvo, que con el humo que lanzaba á borbotones la locomotora foi mabaunvelo tenue que rodeaba todos, los vagones. María comenzó á dar gritos con toda la fuerza de sus pulmones y á agitar furiosamente el único brazo que le quedaba libre; poro sus gritos no debían oirse, apagados por los resoplidos de la máquina y el rodar de los furgones sobre el hierro. El maquinista miró con curiosidad aquel grupo por algunos momentos, y en seguida se entregó á las rudas tareas de su oficio. Algunos viajeros, asomados á las ventanillas, manifestaban en su gesto la sorpresa que aquella escena y aquellos gritos les producían; otros sonreían maliciosamente, y los dos guardias civiles que formaban la pareja que custodiaba el tren, con todo el cuerpo fuei a de la ventanilla, parecían tratar do averiguar si se trataba de jriego, burla ó delito. Todo este espectáculo pasó á los ojos de María como un relámpago. Por instantes había idp esforzando la voz. ¡Socorro! ¡deteneos! ¡Que me mata Colas, el hijo de mi amo! había gritado sucesivamente, y su voz no había sido oída por nadie. En aquella barabúnda que movían los coches y el vapor, los gritos de María, dados con toda la fuerza do su garganta, sonaban tanto como ol zumbido de una mosca en una fragua. Muj pronto el ruido comenzó á ceder. El horroroso estrépito se convirtió casi de repente en un suave rumor cada vez menos sensible, y en la dirección de la vía no se veía ya más que un bulto negro rodeado de polvo y coronado de jirones de humo. Colas, que había permanecido inmóvil, casi como una estatua, los breves segundos que duró esta escena, apenas se convenció de que ya no podía sor visto, volvió á sacar la navaja, exclamando: ¿Qué te creías? aquí nadie te ampara. María, ronca y desesperada, convencida de quo ya no había esperanza para su honor, prefirió entregar la vida, y con la mano dol brazo libre empezó á arañar en la cara á Colas, iniciándose una lucha hori ible. w Colas no quería herirla, porque no era su muerte lo que buscaba; pero el dolor le hacía defenderse de los puñetazos y mord scos de María, y arrojando la navaja al suelo, comenzó á golpearla con los puños tan furiosamente, que la joven, á los pocos segundos, cubierta la cara de sangre y acardenaladas las mejillas, cayó sin sentido, como muerta, en brazos de su verdugo. Un silbido lejano del tren que ya no se veía y los oencerrillos de las cabras triscando alrededor de la choza, fué lo último que oyó María antes de pei- der el sentido. Sonidos que se confundieron, como la indiferencia de los animales ante aquella escena se confundía con la de la sociedad, que no puede hacer alto en su camino ni parar mientes ante el abuso del fuerte contra el débil. tUBUJOS BK ESTEVAiS EMILIO SÁNCHEZ PASTOR