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Ya el teniente iba á. cumplir el encargo, mientra los demás de la cuadrilla, para auxiliarle, requerían sus armas, y el capitán repuso: -Asoucha. Er bisco, que sabe e cuentas, que apunte lo que ijayan largando. Miá que no quieo historias, y que entre amigos honraos no se ha e perdé un rea. Ya iban á emparejar los caminantes con la venta, cuando el teniente, saliendo de ella con su tropa, gritó: -iTó Dios á tierra! Allí fué el temblar y el gemir de aquellas sorprendidas gentes, pero no hubo tu tía; tendióse una manta en el suelo, y. en ella fueron echando sus monedas. Pediaseles á ojo de buen cubero: Tú, cien napoleones; tá, cuatro jaras; éste que tié cara de haber bendío raunoho y güeno, cuatro mil rundís; y éste otro que no yeba más que un borriquiyo matalón, que no dé ná y que Dios le ayúe. Tocóle el turno á un hojalatero, mozo como de veinte años, que caminaba á pie llevando su mercancía en un desmedrado rucio. Díjole el teniente: -Tú, er de las latas, que plagueteas más que tóos, no tiembles, hombre, qiic no te vamos á aqueyar. Súerta cuatro duretes y ¡al abío! ¡Cuatro duros... exclamó haciendo pucheros el hacedor de chao ólateras. ¿Y aónde boy por eyos? ¡Como no los robe... ¿Qué es eso e roba? saltó el qvte llevaba las cuentas de aquella improvisada recaudación de contribuciones directas. ¡Aquí no roba naide! Tenlo entendió, por si es él y la viuda se habían trasladado á otro pueblo, en el cual iba mal tirando con su oficio, añadió tristemente: -Ahora, en esa feria había- yo Jecho una venta que ijasta ayí! Y misté por dónde he voñío átrompesáoon la cuadriya y me he queao más encueres que una yabe. Pero usté, señó Juan de mi arma, no pué consentí esta enquisisión. ¿Qué has dao? -Treinta dtiros como treinta solos, señó Juan; er pan de un año. No lo siento masque por la probesita e mi maro. ¡Esto le va á costa la bía! -Güeno; pos aquí no ha pasao ná. Te bale ei sé paisano. ¡No quieo yo que turnare se muera por mó e nxí! Y asomándose á la puerta, gritó: ¡A be, uno! Acércesele un bandolero. -A este moso que le entrieguen treinta duros y que se largue. No fué dicho cuando fué hecho. Y allá el hojalatero y su huiro traspusieron como un- a exhalación. Acabada la cobranza y reanudado el oamino por los contribuyentes, comenzó la partija. Hubo trabacuenta. puya. ¡Digo! p r o s i guió elde las latas. ¡Con la betíta que he j é o h o! ¿P o s no be usté que me traigo toa mi obra? i ¡Si en ese mardesío pueblo no gastan, p o r lo. b i s t o más que oyas v oasuelas! Echáronse á reír los b a n d o l e r o s y nuestro hombre se i n d u l t ó dando 30 reales; pero, apesadumbrado de ello, preguntó á uno de la partida mientras continuaba el desvalijo: -Anque usté perdone, ¿son ustés oarnarás de señó J u a n er de Estepa? Y como le respondiese afirmativamente, añadió: ¡Pos si señó J u a n mequié á mi como si m. ó hubiá parió! ¿Aónde está, que S 3 alegrará e berme? Dejáronle entrar en la venta. Allí, en un cuartucho cerca del mostrador, estaba el capitán platicando mano á mano con una limeta de vino de los Moriles. -Señó J u a n de mi arma, dijo el hojalatero abrazándolo, ¡dichosos los ojos! ¿No me oonose usté? -Pa serbírte, hombre, pa serbirte, contestó el capitán clavando los suyos en su interlocutor. ¿Quién eres tú? ¡Miá g ue! ¿No se acuerda usté de la tía Frasquita y der tío Diaguito er latonero, lo ouar. que le y amaban Berruga por una que tenía en semejante sitio, y de Rafaeliyo? ¡Pos si me ha tenío usté en las. roiyas más beses que hojas menea un solano! ¡Yaaa! dijo el capitán cayendo en la cuenta. ¿Conque tú eres Rafaeliyo? ¡Por bía e nadiós! Choca ahí, muchacho. ¿Quién te había c conosá? Al teniente y aX tenedor de libros se les podían tostar habas en las mejillas. Señó Juan trinaba más que un ruiseñor. Al fin dióse en el hito. -Pero es, exclamó el teniente, que er ohabá o las latas so ha yeb. io treinta duros. ¡Lo que dio! objetó el capitán. ¡Si os que no dio más que treinta ríales! Todos hicieron signos de asentimiento. ¿De móo que... empezó á preguntar el capitán, pero no terminó la pregunta sino para sus adentros; y explicándose ya lo sucedido, rompió á reír y dijo: -Cabayeros, ¡güeno ha estao er chasco! ¡Ese ostepeñiyo mos ha rohao á tos! ¡Baya por la: probesita o su mare! EL BACHn. LER FEANCISCO DE OSUNA DiBDJos D HÜBKTAS K y después de contarle Rafael que, muerto su padre,