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Otra vez so encontraban on ol eamino con nn par Ae reses y su conductor. -Es preciso- -se le decía entonces- -que pondere usted naucho y muy recio esos animales. ¿Para qué? -preguntaba asombrado Don Simón. P a r a que lo oiga el que va con ellos. ¿T qué tongo yo que yor con él? ¡Friolera! ¡Es un elector! ¡Aunque soa el presto J u a n do las Indias! ¡Yo no hago esas tonterías! -El que algo quiere, soñor Don Simón, algo tiene quo sufrir. -Ya, ya; ¡pero hay cosas! ¡Mire ustod quo cada uno do nosotros es viejo on el oficio; y cuando lo aconsejamos algo, con su cuenta va! -Y el soplado personaje, que se sentía dominado por aquellos seis diablillos en cuanto so relacionara con su empresa electoral, no tenía más remedio que parar su caballo cuando se le acercaban los animales, fijarse on ellos y comenzar á gritar como un onoro- úmono: -Tenemos el gusto- -lo decían- -de presentarte á nuestro candidato, ol señor Don Simón de los Peñascales, persona independiente, con treinta mil duros de renta y mucho talento -Muy señor mío- -añadía Don Simón quitándose los guantes, abriendo las solapas y dando- un cigarro al campesino, para lucir tres cosas de un golpe: su rumbo, su cadena y sus diamantes. Tomaba el buen hombre el cigarro, sin hacer gran caso de lo demás, y mientras chupaba para oncendorlo, decía con mucha oalma- -De la que yo entendí á un soñor tan proncipal como ésto alabarme tanto las bestias, dijo para mi: ¿Por qué será? ¡Mil demonios si me acordaba de las elecciones! -Pues -a te las han recordado- -Como si callaran; que nosotros, los pobres, vamos por donde nos llevan; ¡y gracias que así y todo! Conque ¡ea! so agradece ol osoquio y la alabanza; y hasta otra. ¡Poro oye un momento! -Ko puedo sor, quo so me van i j las bestias, y temo que hagan. 10 me cuesto los cuartos. fon ustedes? -decía Don ¡On! ¡Magníficos! ¡Qué gallardía! ¡Qué cuarto trasero! ¡Qué anchos! ¡Soberbia raza! ¿Son de usted, buen hombre? -preguntaba por rexnate al condirctor. -Para servir á usted- -respondía ol interrogado con cara de recelo. Acto continuo le asaltaban los caciques; y después de abrazarle y de sobarlo mucho: DIBUJOS BE E S T E Y A N V- CÍ Simón muy amoscado, volviéndose iia ji a svis eonsoj oros. Pero éstos se lo roían á las barbas, por toda respuesta; y llevados del mejor deseo, y fundados en su experiencia, ni se arrepentían ni so enmendaban. JosK M. DE PEREDA Los hombres de pro. Capitulo XTT