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La sangría duró una semana- -estremece decirlo. -de un termano menor, empleado por influenoia de un pariente poderoso en nuestras oficinas de Ultramar. El Cada mañanita, en una escudilla de coco, recogían la sueldo módico sostenía mal álos dos herm. anos; sospecho sangre de la desdichada, que caía después al suelo en que ella trabajaba para fuera; con todo eso, pasaban su- mortal desmayo. Desde el tercer día, la debilidad la ma estrechez. Nació de aqiií el deseo de un traslado á produjo una especie de delirio; creíase á bordo del Filipinas; la hermana siguió al único séráquien amaba, barco que la conducía á España, libre y feliz, al lado so establecieron on una de osas aldeas mezquinas, do de su hermano, y escuchaba el ruido del mar batiendo ios costados del buque, y notaba- -efectos del barracas de vértigo- -el ir y venir de las olas, el balance bam. bú, perdi. y cuchareo de la embarcación, el soplo del dasenelocéaviento, la humareda que la chimenea lanzano de verdor Y ba. Tan pronto su alucinación le mostraba del hermoso una bandada de tiburones, como un asalto de Archipiélago piraguas, llenas de indígenas; ya exhalaba queyanonos wgritos porque ardía el barco, ya oía silbar las pertenece. balas de los cañones y veía que el gran trasAbrevian i atlántico, partido en dos, hundíase en el abisdo detalles de mo. Al amanecer del octavo día- -último de su los años que suplicio según le habían anunciado- -cuana l l í residiedo ya la vena del brazo, exhausta, sólo gota á r o n en paz, gota soltaba su jugo, y el corazón desfallecía diré q u e la vy r próximo al colapso mortal- -en un momento sublevación fe lúcido, ó acaso do fiebre, se le apareció Espaal pronto no ña, sus costas, su tierra amada, clemente; y les a s u s t ó creyendo besarla, pegó la boca al suelo de la creíaninofencabana, donde yacía sobre petates viejos, mesivos á aquedio desnuda, metidos en un cepo los pies llos adormiLa misma tarde cayó sobre el poblado una lados y obecohimna de infantería española é indígena, dientes indíponiendo en fuga á los insurrectos y libergenas, y les tando á los prisioneros y heridos. Lo primero parecía seguqiie pidió la exangüe fué su roreducirles, hermano; quisieron ocultarle con sólo alzar la verdad, y no fué pola voz en lensible, pues lo adivinó: gua castellana, á lasiimisión y al inveterado respeto. Disipóse su error al cercar el poblado hordas diab óli c amente fero. oes, que lanzaban gritos horrendos y esgrimían el bolo y el oami l. n Defendióse con valor de guerrillero el fraile párroco, refugiado en la iglesia, realizando proezas que no pasarán á la historia: ayudólo com. o pudo el empleado; cedieron al número; quedó el fraile acuchillado allí mismo; al empleado le cogieron vivo, yá su hermana la llevaron arrastro á la casa donde el vencedor cabecilla tagalo- -poco importa su nombre, son iguales todos en el castila colgaba de un árbol corpulento El caberostro y en hechos- -tenía su cuartel general. La espa- cilla había cumplido su palabra, no sacándole gota de ñola se arrojó á sus pies llorando, implorando el per- sangre de las venas... dón del hermano con acentos desgarradores. La cara Entre los que escuchaban á Sánchez del Abrojo, conamarillenta del cabecilla no se alteró: expresaba la tábase el pintor modernista Blanco Espino á caza de frialdad inerte y cruel de la raza, y se creería que era asuntos simbólicos Batió palmas con entusiasmo. de madera de boj á no brillar en ella la chispa de los- -Voy á hacer un estudio de la cabeza de esa señora. ohli- caos ojuelos de azabache. Leyó la señorita la sen- La rodeo de claveles rojos y amarillos, la doy un fondo tencia 3 hermano adorado, enloquecida de horror; de incendio escribo debajo La exangüe y asi besando los isies del cabecilla, le interpeló y ofreció salimos de la sempiterna matrona con el inevitable y ÍKSU sangre poT la de él. Se admite contestó de cursi león, que representa á España. prtato el araaí- illo monigote. Que la sangren á ésta. DIBUJU 8 0 M K D Z Í 2 KJI 4 A EMILIA PARDO BAZÁN