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f l tr h Clareaba ya tenuemente y comenzaban á destacarse por obscuro las masas de los edificios sobre el estrellado cielo; con el aire húmedo y vivo del amanecer, temblaba Felipe levemente y sacudía los brazos entre los de sus conductores. La masa de curiosos macizaba el centro de la de San FranciBCO, y bordeaba, culebreando, las i -plaza calle de Genova, cuando en su esquina derecha, aceras de la frente al arco plateresco del Ayuntamiento, detúvose nuestro grupo á tiempo que por la calle de las Sierpes asomaban las primeras luces de la célebre cofradía de San Gil. D. Lorenzo y sus amigos sintieron la punzante sensación de lo inminente. El desenlace de aquel drama, dicha, tragedia ó fría decepción, se acercaba, estaba allí, venía andando hacia ellos. Y comenzó el desfile; pasó la Cruz, los nazarenos, el pilmei paso, El prmi, dimiento de Cristo, ain que se oyese múírtca, ni voces, ni otro rumor que el respirar de la muchedumbre. A la luz de los cirios que los penitentes llevaban en alto, la cara de Felipe aparecía pálida, afilada, alteradísima por el insomnio y el influjo de la madrugada. La inqiaietud de D. Lorenzo y los amigos crecía por momentos, mientras por la plaza acercábase un foco esplendoroso de luces y reflejos dorados, blancos, argentinos: el j 9 aso de la Virgen. -jMadre mía de la Esperanza, sálvalo! gimió D. Lorenzo, rompiendo á llorar ruidosamente. Y como Felipe se estremecía convulso y su palidez se hacía cadavérica, Vamonos! ordenó el paisajista. ¡Espera! rogó el padre. Entre tanto, como astro que surge de la noche, el paso de la Virgen fluctuaba resplandeciente, vogando sobre la negra marea del gentío. Todas las cabezas bañadas en luz volvíanse hacia la Madre Dolorosa. En esto despuntaba el díai Una mozuela como de apenas quince afios, enyuelta en un mantón azul celeste sobre él cual le flotaban á la espalda las negras trenzas, destacóse de la muchedumbre, avanzó hacia el paso, y su voz ametalada, altísima, angelioal como las de los seises, rompió el silencio solemne del amanecer, entonando con inflexiones virginales, cristalinas, llorosas, intranscribibles, la penetrante y patética saeta. A las primeras notas el semblante de Felipe se alteró, sus músculos faciales se contrajeron con dolorosa tirantez, temblaron sus labios, pestañeó nerviosamente como si viva luz hiriese de improviso sus ojos. D. Lorenzo juntó las manos en súplica suprema. Blpaso se acercaba, y al empezar la nifia el tercer verso de su doliente cantar, la oleada de luz, de incienso y de aroma de rosas que rodeaba á la imagen envolvió el dramático grupo de los Sidonias. Por los sentidos embotados del pintor ascendieron hasta su espíritu olores, notas, reflejos sugestivos y evocadores tan enérgicos y poderosos, que alcanzaron á despertar recuerdos, sensaciones y ternezas. El hielo estaba roto: los ojos de Felipe se llenaron de lágrimas, llevóse ambas manos al corazón y cayó de rodillas sollozando como si volviese de un suefio: ¡Ah, la Virgen la Virgen, mi cabeza soñada; ya ya la veo! ¡Madre mía! 3 a primera idea al recobrar la razón empalmóse con la última que tuvo antes de perderla: su cuadro, su esbozada cabeza de María. ¡La Virgen le ha salvado! gritó loco de júbilo D. Lorenzo. ¡Viva la Virgen de la Esperanzal clamó an- ebatada de fervor la gente que había presenciado la escena. -I Viva! tronaron transidos de entusiasmo los macarenos, frenéticos por su Patrona. Y mientras la Virgen seguía entre delirantes aclamaciones su carrera triunfal, Sidonia, su padre y sus amigos Horaban de rodiUas en la esquina de la calle. BLANCA DE LOS E Í 0 8 DE LAMPÉREZ DIBUJOS DE K É N D E Z BBlNeA