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LA SAHTA Felipe Sid nia era im pintor de la estirpe de los García y Kamos, Jiménez Aranda y Villegas, de Sevilla. Gomo ellos, tomó lecciones del suave y tímido- Cano, más grande en sns discípulos que en sus obras; pero entee aquella pléyade de maravillosos artistas se distinguía Sidonia por dos personalísimas cualidades: su espiritualismo casi beatífico y el esplendor y verdad inimitables con que reproducía la luz; era, sobre tedo, un prodigioéo luminüta, y claro es que siéndolo había de ser por fuerza colorista, ya que en pintura la luz y el color son inseparables. La retina de Felipe Sidonia estaba hecha como la de las águilas, para mirar al sol; y viviendo en Sevilla no necesitaba, como el pintor ideado por los Goncourt, irse á buscar singularidades cromáticas ante los escaparates de minertíogía. Para iríquecer y caldear BU paleta bastábale con tener ojos, pues donde quiera que allí se vuelven donde qmeraque cae el chorro esplendoroso de la vivaluz sevillana, saltan estrellas, vibran iris y resplandecen areolas. asÍBea en el diamantino relampagueo de los cristales del balconaje engarzados en flores, ó en las paredes blanquísimas donde tan vigorosas se recortan las sombras y tan dulces y nítidas se proyectan las más tenues penumbras: ya en los neos azulejos mudejares de esmaltes metálicos; ora en las cajas charoladas de los coches, que centellean almoverse, ó en las chapas, botones, armas y trompetería del regimiento que pasa deslumhrando; ya en las aguas del Guadalqmvir, que refulgen al Poniente como lamas de fuego; ya en las altas vidrieras de la catedral, donde loe reflejos del ocaso fingen incendios de fragua ó igniciones volcánicas y maravillosas. Y como además de colorista era Sidonia tan poeta, soñador é impresionable, ¡qué tesoros de emoción, qué venero de inspiraciones hallaba en las costumbres y fiestas andaluzas, en los toros, tientas, romerías, veladas, bailes y ferias, y sobre todo en las procesiones, en las incomparables cofradías sevillanas! De éstas le entusiasmaban singularmente dos momentos llenos de indecible poesía: la entrada de pasos y nazarenos en la catedral al anochecer, y el tránsito de la Virgen de la Esperanza por las calles á punto de romper el alba. Quien no llore en esos momentos, no es sevillano; y quien en ellos no se emocione hasta la médula, no es artista. Mas para sentir, para conmoverse como se conmovía Sidonia, preciso es tener un organismo como el suyo accesible á las más delicadas sensaciones, abierto á los más altos ideales, llevar en los nervios y en el alma el eterno femenino que caracteriza á los artistas de la raza rafaólica. U Pero donde el genio meridional y apasionado de Sidonia desplegó del todo sus alas espléndidas de colorista baña das en ins y tendidas hacia lo infinito como las de los arcángeles orientaos, fué en Italia. Las tradiciones y los vestigios eternos de Roma, los dos mundos de arte que se columbran desde las ruinas clá sicas del Foro y desde el interior de las basílicas orientales; el alba mística del prerrafaelismo y la roja aurora del Renacimiento bañando sucesivamente los horizontes diáfanos de Florencia; el voluptuoso paganismo de Ñapóles el áureo bizantinismo de Venecia la visión esplendorosa de Italia arrebató en éxtasis y abrasó de entusiasmo eí alma de Sidonia, pura, espontánea y virginal como la del Adán genesiaco. Sólo algunos párrafos de las cartas que per sfogarsi, según su expresión, escribía á su padre, nos darán idea de aquel deslumbramiento: Desde que estoy aquí- escribía de R o m a- m e parece más grande la humanidad; creo que yo mismo he crecido se me han ensanchado todos ios horizontes, estoy enfermo de admirar. Y en otra carta de Florencia decía- cEn Italia no se respira aire, siuo inspiración. Yo no sabía lo que eran líneas antes de ver loa mármoles del Vaticanoyo Ignoraba qué era belleza hasta que he conocido á Rafael; yo no sospechaba lo que era el genio hasta que me hé sentado aplatado delante de Miguel Ángel. ¿Y el coior? Padre, estas gentes tienen el arco iris metido én la retina AHÍ en Florencia se enamoró Sidonia perdidamente del misticismo de los prerrafaelistas, y se empeñó en infundir a l a serena yj erfecta forma del maestro de Urbino el alma ascética de Fra- Angélíco. Y como se pasase las horas en adoración ante los frescos ó las tablas del sublime dominicano, sus compañeros de pensión dieron en llamarle Fror Mhppo y BÍBeatO Stdmia. m aquella época y de aquella estancia en la capital del Renacimiento datan sus primeros triunfos. Allí comenzó su admirable serie Las mujeres del Evangelio. ¿Qaién no recuerda el escándalo de gloria que produjo en París su maravillosa Berenice, adquirida á peso de oro por cierto millonario yanqui? Pero allí empezó para el gran arMsta la época del trabajo encarnizado, délas embriagueces neurósicas. de los óxta-